Y ahora bien, sucedió que Amulón empezó a imponer su autoridad sobre Alma y sus hermanos; y comenzó a perseguirlos y a hacer que sus hijos persiguieran a los hijos de ellos. Porque Amulón conocía a Alma y sabía que había sido uno de los sacerdotes del rey, y que era el que creyó en las palabras de Abinadí, y fue echado de ante el rey, y por tanto, estaba enojado con él; pues estaba sujeto al rey Lamán; sin embargo, ejerció autoridad sobre ellos y les impuso tareas y les fijó capataces.
Y aconteció que fueron tan grandes sus aflicciones, que empezaron a clamar fervorosamente a Dios.
Y Amulón les mandó que cesaran sus clamores, y les puso guardias para vigilarlos, a fin de que al que descubriesen invocando a Dios fuese muerto.
Y Alma y su pueblo no alzaron la voz al Señor su Dios, pero sí le derramaron sus corazones; y él entendió los pensamientos de sus corazones.
Y aconteció que la voz del Señor vino a ellos en sus aflicciones, diciendo:
Alzad vuestras cabezas y animaos, pues sé del convenio que habéis hecho conmigo; y yo haré convenio con mi pueblo y lo libraré del cautiverio.
Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre; y esto haré yo para que me seáis testigos en lo futuro, y para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones.
Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor.
Y sucedió que era tan grande su fe y su paciencia, que la voz del Señor vino a ellos otra vez, diciendo:
Consolaos, porque mañana os libraré del cautiverio.
Y dijo a Alma:
Tú irás delante de este pueblo,
y yo iré contigo, y libraré a este pueblo del cautiverio.