Y sucedió que sus hermanos, los lamanitas, hicieron los preparativos para la guerra, y llegaron a la tierra de Nefi con la intención de destruir al rey y poner a otro en su lugar, y también destruir al pueblo de Anti-Nefi-Lehi en toda la tierra.
Ahora bien, cuando los del pueblo vieron que venían contra ellos, salieron a encontrarlos, y se postraron hasta la tierra ante ellos y empezaron a invocar el nombre del Señor; y en esta actitud se hallaban cuando los lamanitas empezaron a caer sobre ellos y a matarlos con la espada.
Y así, sin encontrar resistencia alguna, mataron a mil y cinco de ellos; y sabemos que son benditos, porque han ido a morar con su Dios.
Y cuando los lamanitas vieron que sus hermanos no huían de la espada, ni se volvían a la derecha ni a la izquierda, sino que se tendían y perecían, y alababan a Dios aun en el acto mismo de perecer por la espada, sí, cuando los lamanitas vieron esto, se abstuvieron de matarlos; y hubo muchos cuyos corazones se habían conmovido dentro de ellos por los de sus hermanos que habían caído por la espada, pues se arrepintieron de lo que habían hecho.
Y aconteció que arrojaron al suelo sus armas de guerra y no las quisieron volver a tomar, porque los atormentaban los asesinatos que habían cometido; y se postraron, igual que sus hermanos, confiando en la clemencia de aquellos que tenían las armas alzadas para matarlos.
Y sucedió que el número de los que se unieron al pueblo de Dios aquel día fue mayor que el de los que habían sido muertos; y aquellos que habían muerto eran personas justas; por tanto, no tenemos razón para dudar que se salvaron.
Y no había un solo hombre inicuo entre los que perecieron; pero hubo más de mil que llegaron al conocimiento de la verdad; así vemos que el Señor obra de muchas maneras para la salvación de su pueblo.
Y la mayoría de los lamanitas que mataron a tantos de sus hermanos eran amalekitas y amulonitas, de los cuales la mayor parte pertenecía a la orden de los nehores. Y entre los que se unieron al pueblo del Señor, no hubo ninguno que fuese amalekita o amulonita, o que perteneciese a la orden de Nehor, sino que eran descendientes directos de Lamán y Lemuel.
Y así podemos discernir claramente que después que un pueblo ha sido iluminado por el Espíritu de Dios, y ha poseído un gran conocimiento de las cosas concernientes a la rectitud, y entonces cae en el pecado y la transgresión, llega a ser más empedernido, y así su condición es peor que si nunca hubiese conocido estas cosas.