¡Despierta, despierta, levántate, oh Jerusalén,
tú que has bebido de la mano del Señor
el cáliz de su furor;
que has bebido los sedimentos del cáliz
de temor hasta vaciarlos!
De todos los hijos que dio a luz, no hay quien la guíe;
ni quien la tome de la mano,
de todos los hijos que crio.
A ti han venido estos dos hijos que te compadecerán—
tu asolamiento y destrucción,
y el hambre y la espada—
y, ¿con quién te consolaré yo?
Tus hijos desfallecieron con excepción de estos dos;
se hallan tendidos en las encrucijadas de todas las calles;
como toro salvaje en una red,
llenos están del furor del Señor,
de la reprensión de tu Dios.