Y aconteció que el año noventa y tres también pasó en paz, con excepción de los ladrones de Gadiantón, que habitaban las montañas e infestaban el país; porque tan fuertes eran sus guaridas y escondrijos, que el pueblo no pudo vencerlos; por tanto, cometieron muchos asesinatos y causaron gran mortandad entre el pueblo. Y sucedió que empezaron a aumentar considerablemente en el año noventa y cuatro, porque hubo muchos disidentes nefitas que se refugiaron entre ellos; y esto causó mucha tristeza a los nefitas que permanecieron en la tierra.
Y también hubo causa de mucha tristeza entre los lamanitas; porque he aquí, tenían muchos hijos que crecieron y aumentaron en años hasta actuar por sí mismos, y unos que eran zoramitas los indujeron, con sus mentiras y sus palabras aduladoras, a unirse a esos ladrones de Gadiantón. Y así fueron afligidos también los lamanitas, y empezaron a decaer en cuanto a su fe y rectitud, por causa de la iniquidad de la nueva generación.
Y sucedió que así pasó el año noventa y cinco también, y el pueblo comenzó a olvidarse de aquellas señales y prodigios que había presenciado, y a asombrarse cada vez menos de una señal o prodigio del cielo, de tal modo que comenzaron a endurecer sus corazones, y a cegar sus mentes, y a no creer todo lo que habían visto y oído, imaginándose alguna cosa vana en sus corazones, que aquello se efectuaba por los hombres y por el poder del diablo para extraviar y engañar el corazón del pueblo. De este modo Satanás de nuevo se apoderó del corazón de los del pueblo, al grado que les cegó los ojos y los condujo a creer que la doctrina de Cristo era una cosa insensata y vana.
Y ocurrió que el pueblo empezó a aumentar en la iniquidad y en las abominaciones; y no creyeron que se manifestarían más señales ni prodigios; y Satanás andaba por todas partes extraviando el corazón de los del pueblo, tentándolos y haciéndoles cometer grandes iniquidades en la tierra. Y así pasó el año noventa y seis; y también el año noventa y siete; asimismo el año noventa y ocho, y el noventa y nueve;
y también habían transcurrido cien años desde los días de Mosíah, que había sido rey de los nefitas. Y habían pasado seiscientos nueve años desde que Lehi había salido de Jerusalén. Y habían pasado nueve años desde la ocasión en que se manifestó la señal de que hablaron los profetas, tocante a que Cristo vendría al mundo. Ahora bien, los nefitas empezaron a calcular su tiempo desde esta ocasión en que se manifestó la señal, o sea, desde la venida de Cristo; por tanto, habían pasado ya nueve años.