Y aconteció que en este mismo año, he aquí, Nefi entregó el asiento judicial a un hombre llamado Cezóram. Porque como la voz del pueblo establecía sus leyes y sus gobiernos, y los que escogieron lo malo eran más numerosos que los que eligieron lo bueno, estaban, por tanto, madurando para la destrucción, porque se habían corrompido las leyes. Sí, y no solo esto; eran un pueblo de dura cerviz, a tal grado que no podían ser gobernados por la ley ni por la justicia, sino para su destrucción.
Y sucedió que Nefi estaba fastidiado a causa de la iniquidad de ellos; y renunció al asiento judicial, y se dedicó a predicar la palabra de Dios todo el resto de sus días, y también su hermano Lehi, todo el resto de sus días;
porque se acordaban de las palabras que su padre Helamán les había hablado. Y estas son las palabras que había hablado:
Y sucedió que estas fueron las palabras que Helamán enseñó a sus hijos; sí, les enseñó muchas cosas que no se han escrito, y también muchas cosas que están escritas.
Y se acordaron de sus palabras; y por tanto, guardando los mandamientos de Dios, salieron a enseñar la palabra de Dios entre todo el pueblo de Nefi, comenzando por la ciudad de Abundancia. Y de allí fueron a la ciudad de Gid; y de la ciudad de Gid a la ciudad de Mulek; y así, de una ciudad a otra, hasta que hubieron ido entre todo el pueblo de Nefi que se hallaba en la tierra del sur; y de allí fueron a la tierra de Zarahemla, entre los lamanitas.
Y sucedió que predicaron con gran poder, a tal grado que confundieron a muchos de aquellos disidentes que se habían apartado de los nefitas, de modo que se adelantaron y confesaron sus pecados, y fueron bautizados para arrepentimiento, e inmediatamente volvieron a los nefitas para tratar de repararles los agravios que habían causado.
Y acaeció que Nefi y Lehi predicaron a los lamanitas con tan gran poder y autoridad, porque se les había dado poder y autoridad para hablar, y también les había sido indicado lo que debían hablar, por lo tanto, hablaron, para el gran asombro de los lamanitas, hasta convencerlos, a tal grado que ocho mil de los lamanitas que se hallaban en la tierra de Zarahemla y sus alrededores fueron bautizados para arrepentimiento, y se convencieron de la iniquidad de las tradiciones de sus padres.