He aquí, sucedió que yo, Omni, habiéndome mandado mi padre Jarom que escribiera algo sobre estas planchas, para preservar nuestra genealogía, quisiera, por tanto, que supieseis que durante el curso de mi vida combatí mucho con la espada para preservar a mi pueblo, los nefitas, de caer en manos de los lamanitas, sus enemigos.
Mas he aquí, en cuanto a mí, yo soy inicuo, y no he guardado los estatutos y mandamientos del Señor como debía haberlo hecho.
Y sucedió que habían transcurrido doscientos setenta y seis años, y habíamos tenido muchas épocas de paz; y habíamos tenido muchas épocas de serias guerras y derramamiento de sangre. Sí, y en fin habían pasado doscientos ochenta y dos años, y yo había guardado estas planchas según los mandatos de mis padres; y las entregué a mi hijo Amarón. Y así termino.
Y ahora yo, Amarón, escribo las cosas que vaya a escribir, y que son pocas, en el libro de mi padre. He aquí, sucedió que habían pasado ya trescientos veinte años, y la parte más inicua de los nefitas fue destruida. Porque el Señor no quiso permitir, después que los hubo sacado de la tierra de Jerusalén, y guardado y preservado de caer en las manos de sus enemigos, sí, no quiso permitir que dejasen de verificarse las palabras que habló a nuestros padres, diciendo: Si no guardáis mis mandamientos, no prosperaréis en la tierra. Por tanto, el Señor los visitó con grandes juicios; no obstante, preservó a los justos para que no perecieran, y los libró de las manos de sus enemigos.
Y sucedió que entregué las planchas a mi hermano Quemis.
Ahora yo, Quemis, lo poco que escribo lo hago en el mismo libro que mi hermano; pues he aquí, vi que lo último que escribió, él lo escribió de su propia mano; y lo escribió el mismo día en que me lo entregó. Y de este modo llevamos los anales, porque es según los mandamientos de nuestros padres. Y así termino.
He aquí, yo, Abinadom, soy hijo de Quemis. He aquí, sucedió que vi mucha guerra y contención entre mi pueblo, los nefitas, y los lamanitas; y con mi propia espada he quitado la vida a muchos de los lamanitas en defensa de mis hermanos. Y he aquí, la historia de este pueblo está grabada sobre planchas que guardan los reyes, según las generaciones; y yo no sé de ninguna revelación salvo lo que se ha escrito, ni profecía tampoco; por tanto, es suficiente lo que está escrito. Y con esto concluyo.
He aquí, soy Amalekí hijo de Abinadom. He aquí, os hablaré algo concerniente a Mosíah, que fue hecho rey de la tierra de Zarahemla; pues he aquí, le advirtió el Señor que huyera de la tierra de Nefi, y que cuantos quisieran escuchar la voz del Señor también deberían partir de la tierra con él hacia el desierto. Y sucedió que obró según el Señor le había mandado. Y cuantos quisieron escuchar la voz del Señor salieron de la tierra para el desierto, y fueron conducidos por muchas predicaciones y profecías. Y continuamente fueron amonestados por la palabra de Dios, y guiados por el poder de su brazo a través del desierto, hasta que llegaron a la tierra que se llama la tierra de Zarahemla.
No obstante, después de andar errantes por el desierto muchos días, plantamos nuestras tiendas en el lugar en que nuestros hermanos habían perecido, el cual se hallaba cerca de la tierra de nuestros padres. Y aconteció que con cuatro de mis hombres entré otra vez en la ciudad hasta donde estaba el rey, a fin de conocer su disposición, y saber si podía ir con mi pueblo y poseer la tierra en paz.