Pues sucedió que después que hube deseado conocer las cosas que mi padre había visto, y creyendo que el Señor podía hacérmelas saber, mientras estaba yo sentado reflexionando sobre esto, fui arrebatado en el Espíritu del Señor, sí, hasta una montaña extremadamente alta que nunca antes habí a visto, y sobre la cual nunca había puesto mis pies.
Y me dijo el Espíritu: He aquí, ¿qué es lo que tú deseas? Y yo dije: Deseo ver las cosas que mi padre vio.
Y el Espíritu me dijo: ¿Crees que tu padre vio el árbol del cual ha hablado? Y respondí: Sí, tú sabes que creo todas las palabras de mi padre.
Y cuando hube pronunciado estas palabras, el Espíritu exclamó en voz alta: ¡Hosanna al Señor, el Dios Altísimo, porque él es Dios sobre toda la tierra, sí, sobre todo! Y bendito eres tú, Nefi, porque crees en el Hijo del Dios Altísimo; por lo tanto, verás las cosas que has deseado. Y he aquí, esto te será dado por señal: que después que hayas visto el árbol que dio el fruto que tu padre probó, también verás a un hombre que desciende del cielo, y lo presenciarás; y después que lo hayas presenciado, darás testimonio de que es el Hijo de Dios.
Y aconteció que me dijo el Espíritu: ¡Mira! Y miré y vi un árbol; y era semejante al que mi padre había visto; y su belleza era muy superior, sí, sobrepujaba a toda otra belleza; y su blancura excedía a la blancura de la nieve misma. Y sucedió que después que hube visto el árbol, le dije al Espíritu: Veo que me has mostrado el árbol que es más precioso que todos.
Y me preguntó: ¿Qué deseas tú? Y le dije: Deseo saber la interpretación de ello, —pues le hablaba como habla el hombre; porque vi que tenía la forma de hombre. No obstante, yo sabía que era el Espíritu del Señor; y él me hablaba como un hombre habla con otro.
Y aconteció que me dijo: ¡Mira! Y miré para verlo, pero no lo vi más, pues se había retirado de mi presencia.