Y ahora quisiera decir algo concerniente a cierto grupo que fue al desierto para volver a la tierra de Nefi; porque había muchos que deseaban poseer la tierra de su herencia.
Yo, Zeniff, habiendo sido instruido en todo el idioma de los nefitas y habiendo tenido conocimiento de la tierra de Nefi, o sea, la tierra de la primera herencia de nuestros padres, y habiendo sido enviado como espía entre los lamanitas para que observase sus fuerzas —a fin de que nuestro ejército cayera sobre ellos y los destruyera— mas cuando vi lo bueno que había entre ellos, no quise que fuesen destruidos.
De modo que partieron para el desierto. Y su caudillo, siendo un hombre fuerte, poderoso y obstinado, provocó, por tanto, una contienda entre ellos; y todos, menos cincuenta, fueron muertos en el desierto, y estos retornaron a la tierra de Zarahemla.
Por tanto, contendí con mis hermanos en el desierto, pues quería que nuestro jefe hiciera un tratado con ellos; pero siendo hombre severo y sanguinario, él mandó que me quitaran la vida; mas fui rescatado por la efusión de mucha sangre; porque padre luchó contra padre, y hermano contra hermano, hasta que la mayor parte de nuestro ejército fue destruida en el desierto; y los que sobrevivimos retornamos a la tierra de Zarahemla a comunicar ese relato a sus esposas y a sus hijos.
Y aconteció que también llevaron consigo a otros, hasta un número considerable, y otra vez emprendieron su viaje para el desierto. Y yo, Amalekí, tenía un hermano que también fue con ellos; y desde entonces nada he sabido de ellos...
Y sin embargo, yo, con un exceso de celo por heredar la tierra de nuestros padres, junté a cuantos deseaban ir para poseer la tierra, y de nuevo emprendimos nuestro viaje al desierto para subir a aquella tierra; mas fuimos heridos con hambre y graves aflicciones, pues éramos tardos en acordarnos del Señor nuestro Dios.