Y ocurrió que hizo que le llevaran a Ammón las planchas que contenían los anales de su pueblo, desde el tiempo en que salieron de la tierra de Zarahemla, para que él las leyera.
Ahora bien, en cuanto Ammón hubo leído la historia, el rey lo interrogó para saber si podía interpretar idiomas; y le respondió Ammón que no podía. Y le dijo el rey:
“Hallándome apesadumbrado por las aflicciones de mi pueblo, hice que cuarenta y tres de los de mi pueblo emprendieran un recorrido por el desierto, para que por ese medio hallasen la tierra de Zarahemla, a fin de apelar a nuestros hermanos para que nos libraran del cautiverio.
Y estuvieron perdidos en el desierto por el espacio de muchos días, y a pesar de su diligencia, no encontraron la tierra de Zarahemla, sino que retornaron aquí después de haber viajado por una tierra entre muchas aguas, y de haber descubierto una región llena de huesos de hombres y bestias, y también estaba cubierta de ruinas de edificios de todas clases; y descubrieron una tierra que había sido habitada por un pueblo tan numeroso como las huestes de Israel.
Y como testimonio de la verdad de las cosas que habían dicho, han traído veinticuatro planchas que están llenas de grabados, y son de oro puro. Y he aquí, también han traído petos, los cuales son de gran tamaño; y son de bronce y de cobre, y están perfectamente conservados. Y más aún, han traído espadas cuyas guarniciones se han consumido, y cuyas hojas estaban carcomidas de herrumbre; y no hay en la tierra quien pueda interpretar el lenguaje o los grabados que están sobre las planchas. Por esto te dije:
¿Puedes traducir?
Y te pregunto además:
¿Sabes tú de alguien que pueda traducir? Porque deseo que estos anales sean traducidos a nuestro idioma; pues quizá nos darán conocimiento de un resto del pueblo que ha sido destruido, del cual procedieron estos anales; o tal vez nos harán saber de este mismo pueblo que ha sido destruido; y deseo saber la causa de su destrucción.”
Luego Ammón le dijo:
“Puedo de seguro decirte, oh rey, de un hombre que puede traducir los anales; pues él tiene algo con lo que puede mirar y traducir todos los anales que son de fecha antigua; y es un don de Dios.
Y las cosas se llaman intérpretes, y nadie puede mirar en ellos a menos que le sea mandado, no sea que busque lo que no debe, y así perezca. Y a quien se le manda mirar en ellos, a ese se le llama vidente.
Y he aquí, el rey del pueblo que se halla en la tierra de Zarahemla es el hombre a quien se manda hacer estas cosas, y es el que tiene este alto don de Dios.”
Y dijo el rey que un vidente es mayor que un profeta. Y Ammón dijo:
que un vidente es también revelador y profeta; y que no hay mayor don que un hombre pueda tener, a menos que posea el poder de Dios, que nadie puede tener; sin embargo, el hombre puede recibir gran poder de Dios. Mas un vidente puede saber de cosas que han pasado y también de cosas futuras; y por este medio todas las cosas serán reveladas, o mejor dicho, las cosas secretas serán manifestadas, y las cosas ocultas saldrán a la luz; y lo que no es sabido, ellos lo darán a conocer; y también manifestarán cosas que de otra manera no se podrían saber. Así Dios ha dispuesto un medio para que el hombre, por la fe, pueda efectuar grandes milagros; por tanto, llega a ser un gran beneficio para sus semejantes.
Y ahora bien, cuando Ammón hubo acabado de hablar estas palabras, el rey se regocijó en extremo y dio gracias a Dios, diciendo:
Sin duda estas planchas encierran un gran misterio, y estos intérpretes fueron indudablemente preparados con objeto de desplegar todos los misterios de esta índole a los hijos de los hombres.
¡Oh cuán maravillosas son las obras del Señor, y cuán largo tiempo soporta él a su pueblo; sí, y cuán ciego e impenetrable es el entendimiento de los hijos de los hombres, pues ni buscan sabiduría, ni desean que ella los rija!
Sí, son como un rebaño silvestre que huye del pastor, y se esparce, y es perseguido y devorado por los animales de la selva.
Ahora bien, Limhi nuevamente se llenó de alegría al saber, por boca de Ammón, que el rey Mosíah tenía un don de Dios mediante el cual podía interpretar tales grabados; sí, y Ammón se regocijó también.
No obstante, Ammón y sus hermanos se llenaron de tristeza porque tantos de sus hermanos habían sido muertos; y también porque el rey Noé y sus sacerdotes habían provocado al pueblo a cometer tantos pecados y maldades contra Dios; y también lamentaron la muerte de Abinadí, así como la partida de Alma y de la gente que salió con él, los cuales habían formado una iglesia de Dios mediante la fuerza y el poder de Dios, y la fe en las palabras que Abinadí había declarado.
Sí, lamentaron su partida, porque no sabían a dónde habían huido. Y gustosamente se habrían unido a ellos, porque también estos habían concertado un convenio con Dios, de servirle y guardar sus mandamientos.
Y ahora bien, desde la llegada de Ammón, el rey Limhi también había hecho convenio con Dios, así como muchos de los de su pueblo, de servirle y guardar sus mandamientos.
Y aconteció que el rey Limhi y muchos de su pueblo deseaban ser bautizados; mas no había en la tierra quien tuviera la autoridad de Dios. Y Ammón se negó a hacer esto, por considerarse un siervo indigno. Por tanto, no se organizaron en iglesia en esa ocasión, esperando en el Espíritu del Señor.
Ahora deseaban ser como Alma y sus hermanos, que habían huido al desierto. Estaban deseosos de ser bautizados como atestación y testimonio de que estaban dispuestos a servir a Dios con todo su corazón; no obstante, aplazaron la ocasión; y más adelante se dará el relato de su bautismo.