Y ahora bien, hermanos míos, quisiera que os humillaseis ante Dios y dieseis frutos dignos de arrepentimiento, para que también podáis entrar en ese reposo.
Sí, humillaos así como el pueblo en los días de Melquisedec, quien también fue un sumo sacerdote según este mismo orden de que he hablado, que también tomó sobre sí el sumo sacerdocio para siempre.
Y fue a este mismo Melquisedec a quien Abraham pagó diezmos; sí, aun nuestro padre Abraham pagó como diezmo una décima parte de todo lo que poseía.
Y estas ordenanzas se conferían según esta manera, para que por ese medio el pueblo esperara anhelosamente al Hijo de Dios, ya que era un símbolo de su orden, es decir, era su orden, y esto para esperar anhelosamente de él la remisión de sus pecados a fin de entrar en el reposo del Señor.
Pues bien, este Melquisedec era rey de la tierra de Salem; y su pueblo había aumentado en la iniquidad y abominaciones; sí, se habían extraviado todos; se habían entregado a todo género de iniquidades;
pero Melquisedec, habiendo ejercido una fe poderosa, y recibido el oficio del sumo sacerdocio según el santo orden de Dios, predicó el arrepentimiento a su pueblo. Y he aquí, se arrepintieron; y Melquisedec estableció la paz en la tierra durante sus días; por tanto, fue llamado el príncipe de paz, pues era rey de Salem; y reinó bajo su padre.
Hubo muchos antes que él, y también hubo muchos después, mas ninguno fue mayor que él; por tanto, han hecho de él mención más particular.
Bien, no necesito detallar el asunto; lo que he dicho puede ser suficiente. He aquí, tenéis las Escrituras por delante, y si queréis tergiversarlas, será para vuestra destrucción.