de modo que cuando hubo concluido su obra en Melek, se fue de allí y viajó tres días hacia el norte de la tierra de Melek; y llegó a una ciudad que se llamaba Ammoníah.
Ahora bien, entre el pueblo de Nefi era costumbre dar a sus tierras, ciudades y aldeas, sí, a todas sus pequeñas aldeas, el nombre de su primer poseedor; y así fue con la tierra de Ammoníah.
Y ocurrió que cuando hubo llegado a la ciudad de Ammoníah, Alma empezó a predicarles la palabra de Dios. Pero Satanás se había apoderado en sumo grado del corazón de los habitantes de la ciudad de Ammoníah; por lo tanto, no quisieron escuchar las palabras de Alma.
No obstante, Alma se esforzó mucho en el espíritu, bregando con Dios en ferviente oración para que derramara su Espíritu sobre el pueblo que se hallaba en la ciudad; y que también le concediera bautizarlos para arrepentimiento.
Sin embargo, endurecieron sus corazones, y le dijeron: He aquí, sabemos que eres Alma; y sabemos que eres sumo sacerdote de la iglesia que has establecido en muchas partes de la tierra, según vuestra tradición; pero nosotros no somos de tu iglesia, y no creemos en tan insensatas tradiciones. Y ahora sabemos que por no ser de tu iglesia, tú no tienes ninguna autoridad sobre nosotros; y tú has entregado el asiento judicial a Nefíah, de modo que no eres nuestro juez superior.
Ahora bien, cuando el pueblo hubo dicho esto y resistido todas sus palabras, y lo hubo ultrajado, y escupido sobre él, y hecho que fuese echado de su ciudad, él partió de allí y se dirigió hacia la ciudad llamada Aarón.