He aquí, amados hermanos míos, ya que se me ha permitido venir a vosotros, trataré, por tanto, de hablaros en mi lenguaje, sí, por mi propia boca, en vista de que es la primera vez que os hablo con las palabras de mi boca, pues me he visto totalmente limitado al tribunal, con tantos asuntos que no pude visitaros antes.
Y ni aun en esta ocasión habría podido venir, si no fuera que se ha dado el asiento judicial a otro para que gobierne en mi lugar. Y el Señor con gran misericordia me ha concedido que venga a vosotros.
Y he aquí, he venido con grandes esperanzas y con mucho anhelo de hallar que os habíais humillado ante Dios y que habíais continuado suplicando su gracia; de hallar que estabais sin culpa ante él, y de no hallaros en el terrible dilema en que estaban vuestros hermanos en Zarahemla.
Pero bendito sea el nombre de Dios, porque me ha dado a saber, sí, me ha concedido el inmenso gozo de saber que nuevamente se hallan fundados en la senda de la justicia de Dios. Y confío en que, según el Espíritu de Dios que está en mí, también pueda yo sentir gozo por causa de vosotros; no obstante, no deseo que mi gozo por vosotros venga a causa de tantas aflicciones y angustia que he sentido por los hermanos de Zarahemla; porque he aquí, mi gozo por causa de ellos viene después de pasar por mucha aflicción y angustia.
Mas he aquí, confío en que no os halléis en un estado de tanta incredulidad como lo estaban vuestros hermanos;
espero que no os hayáis envanecido con el orgullo de vuestros corazones;
sí, confío en que no hayáis puesto vuestros corazones en las riquezas y las vanidades del mundo;
sí, confío en que no adoréis ídolos,
sino que adoréis al Dios verdadero y viviente,
y que esperéis anhelosamente, con una fe sempiterna, la remisión de vuestros pecados que ha de venir.