Y te he dicho esto, hijo mío, para que aprendas sabiduría, para que aprendas de mí que no hay otro modo o medio por el cual el hombre pueda ser salvo, sino en Cristo y por medio de él. He aquí, él es la vida y la luz del mundo.
He aquí, él es la palabra de verdad y de rectitud.
Y así como has empezado a enseñar la palabra, así quisiera yo que continuases enseñando; y quisiera que fueses diligente y moderado en todas las cosas.
Procura no ensalzarte en el orgullo;
sí, procura no jactarte de tu propia sabiduría,
ni de tu mucha fuerza.
Usa valentía, mas no prepotencia;
y procura también refrenar todas tus pasiones para que estés lleno de amor;
procura evitar la ociosidad.
No ores como lo hacen los zoramitas, pues has visto que ellos oran para ser oídos de los hombres y para ser alabados por su sabiduría. No digas:
"Oh Dios, te doy gracias porque somos mejores que nuestros hermanos,
sino di más bien:
Oh Señor, perdona mi indignidad, y acuérdate de mis hermanos con misericordia. Sí, reconoce tu indignidad ante Dios en todo tiempo. Y el Señor bendiga tu alma y te reciba en el postrer día en su reino, para sentarte en paz. Ahora ve, hijo mío, y enseña la palabra a este pueblo. Sé sensato. Adiós, hijo mío.