Y he aquí, aconteció que ahora nuestro siguiente objetivo era tomar la ciudad de Manti; pero he aquí, no había manera de hacerles salir de la ciudad con nuestras pequeñas fuerzas. Pues he aquí, se acordaban de lo que previamente les habíamos hecho; por consiguiente, no podíamos engañarlos para que salieran de sus plazas fuertes. Y tan numerosos eran, mucho más que nuestro ejército, que no nos atrevíamos a atacarlos en sus plazas fuertes. Sí, y se hizo necesario que pusiéramos a nuestros hombres a defender aquellas partes de la tierra que habíamos recuperado de nuestras posesiones; de manera que fue menester esperar hasta que recibiéramos más refuerzos de la tierra de Zarahemla, y también un nuevo abastecimiento de provisiones.
Y sucedió que envié una embajada al gobernador de nuestra tierra para darle a conocer las circunstancias de nuestro pueblo. Y ocurrió que esperamos para recibir provisiones y fuerzas de la tierra de Zarahemla. Pero he aquí que esto nos benefició muy poco; porque los lamanitas también estaban recibiendo muchas fuerzas de día en día, y también muchas provisiones; y tales eran nuestras circunstancias en esta época. Y los lamanitas salían en contra de nosotros de cuando en cuando, resueltos a destruirnos por estratagema; no obstante, no podíamos ir a la batalla contra ellos por motivo de sus refugios y sus plazas fuertes.
Y sucedió que esperamos en estas difíciles circunstancias por el espacio de muchos meses, hasta que estábamos a punto de perecer por falta de alimentos. Pero acaeció que recibimos víveres, los cuales venían custodiados por un ejército de dos mil hombres para auxiliarnos; y esta fue toda la ayuda que recibimos para defendernos nosotros mismos y a nuestro país de caer en manos de nuestros enemigos; sí, para contender contra un enemigo que era innumerable. Y la causa de estos aprietos nuestros, o sea, el motivo por el cual no nos mandaban más fuerzas, nosotros lo ignorábamos; por tanto, nos afligimos y también nos llenamos de temor, no fuese que de algún modo los juicios de Dios descendieran sobre nuestra tierra para nuestra caída y entera destrucción.
Por lo tanto, derramamos nuestras almas a Dios en oración, pidiéndole que nos fortaleciera y nos librara de las manos de nuestros enemigos, sí, y que también nos diera la fuerza para retener nuestras ciudades, nuestras tierras y nuestras posesiones para el sostén de nuestro pueblo. Sí, y sucedió que el Señor nuestro Dios nos consoló con la seguridad de que nos libraría; sí, de tal modo que habló paz a nuestras almas, y nos concedió una gran fe, e hizo que en él pusiéramos la esperanza de nuestra liberación. Y cobramos ánimo con nuestro pequeño refuerzo que habíamos recibido, y se hizo fija en nosotros la determinación de vencer a nuestros enemigos, y preservar nuestras tierras y posesiones, nuestras esposas y nuestros hijos, y la causa de nuestra libertad.