Mas he aquí, hijo mío, te encomiendo a Dios, y confío en Cristo que te salvarás; y le pido a Dios que te conserve la vida para que seas testigo o del regreso de este pueblo a él, o de su entera destrucción; porque yo sé que deben perecer, a menos que se arrepientan y vuelvan a él. Y si perecen, será como los jareditas, por motivo de la obstinación de sus corazones en buscar sangre y venganza.