Y sucedió que desde esa ocasión yo, Mormón, me negué por completo a ser comandante y caudillo de este pueblo, a causa de su iniquidad y sus abominaciones. He aquí, yo los había dirigido; a pesar de sus iniquidades, muchas veces los había dirigido a la batalla; y los había amado con todo mi corazón, de acuerdo con el amor de Dios que había en mí; y todo el día se había derramado mi alma en oración a Dios a favor de ellos; sin embargo, fue sin fe, debido a la dureza de sus corazones. Y tres veces los he librado de las manos de sus enemigos, y no se han arrepentido de sus pecados.
Y cuando hubieron jurado por todo lo que nuestro Señor y Salvador Jesucristo les había prohibido, que irían contra sus enemigos para combatir y vengar la sangre de sus hermanos, he aquí, la voz del Señor vino a mí, diciendo:
”Mía es la venganza, y yo pagaré;
y porque este pueblo no se arrepintió después que lo hube librado, he aquí, será destruido de sobre la faz de la tierra.”
Y sucedió que terminantemente me negué a marchar contra mis enemigos, e hice lo que el Señor me había mandado; y fui testigo pasivo para manifestar al mundo las cosas que yo vi y oí, según las manifestaciones del Espíritu que había dado testimonio de cosas venideras.
Y aconteció que en el año trescientos sesenta y tres, los nefitas salieron de la tierra de Desolación con sus ejércitos para combatir a los lamanitas. Y aconteció que los ejércitos de los nefitas fueron rechazados hasta la tierra de Desolación; y mientras todavía se hallaban cansados, cayó sobre ellos una nueva tropa de lamanitas; y hubo una recia batalla, al grado de que los lamanitas se posesionaron de la ciudad de Desolación, y mataron a muchos de los nefitas, y tomaron un gran número de prisioneros. Y el resto huyó y se incorporó a los habitantes de la ciudad de Teáncum; y esta se hallaba situada en la frontera, por la costa del mar, y también estaba próxima a la ciudad de Desolación.
Y fue porque los ejércitos de los nefitas acometieron a los lamanitas, que empezaron a ser destruidos; pues de no haber sido por eso, los lamanitas no los habrían vencido. Pero he aquí, los castigos de Dios sobrevendrán a los inicuos; y es por los inicuos que los inicuos son castigados; porque son ellos los que incitan el corazón de los hijos de los hombres a derramar sangre.