Y aconteció que pasó el año treinta y cuatro, y también el treinta y cinco; y he aquí, los discípulos de Jesús habían establecido una iglesia de Cristo en todas las tierras circunvecinas. Y cuantos iban a ellos, y se arrepentían verdaderamente de sus pecados, eran bautizados en el nombre de Jesús; y también recibían el Espíritu Santo.
Y ocurrió que en el año treinta y seis se convirtió al Señor toda la gente sobre toda la faz de la tierra, tanto nefitas como lamanitas; y no había contenciones ni disputas entre ellos, y obraban rectamente unos con otros.
Y tenían en común todas las cosas; por tanto, no había ricos ni pobres, esclavos ni libres, sino que todos fueron hechos libres, y participantes del don celestial.
Y sucedió que pasó el año treinta y siete también, y continuó la paz en la tierra. Y los discípulos de Jesús efectuaban grandes y maravillosas obras, de tal manera que sanaban a los enfermos, y resucitaban a los muertos, y hacían que los cojos anduvieran, y que los ciegos recibieran su vista, y que los sordos oyeran; y obraban toda clase de milagros entre los hijos de los hombres; y no obraban milagros salvo que fuera en el nombre de Jesús.
Y así pasó el año treinta y ocho, y también los años treinta y nueve, y cuarenta y uno y cuarenta y dos, sí, hasta el año cuarenta y nueve, y también el cincuenta y uno, y el cincuenta y dos; sí, hasta que hubieron pasado cincuenta y nueve años.
Y el Señor los prosperó en gran manera sobre la tierra; sí, al grado de que nuevamente edificaron ciudades donde se habían incendiado las otras. Sí, y aun la gran ciudad de Zarahemla hicieron reconstruir. Pero hubo muchas ciudades que se habían hundido, y las aguas habían aparecido en su lugar; por tanto, estas ciudades no pudieron ser reedificadas.
Y he aquí, aconteció que el pueblo de Nefi se hizo fuerte, y se multiplicó con gran rapidez, y llegó a ser un pueblo hermoso y deleitable en extremo. Y se casaban y se daban en matrimonio, y fueron bendecidos de acuerdo con la multitud de las promesas que el Señor les había hecho. Y ya no se guiaban por las prácticas y ordenanzas de la ley de Moisés, sino que se guiaban por los mandamientos que habían recibido de su Señor y su Dios, perseverando en el ayuno y en la oración, y reuniéndose a menudo, tanto para orar como para escuchar la palabra del Señor.
Y sucedió que no hubo contención entre todos los habitantes sobre toda la tierra, mas los discípulos de Jesús obraban grandes milagros.
Y ocurrió que pasó el año setenta y uno, y también el año setenta y dos; sí, y por último, hasta que hubo pasado el año setenta y nueve; sí, y aun cien años habían pasado, y los discípulos que Jesús había seleccionado se habían ido todos al paraíso de Dios, con excepción de los tres que habían de permanecer; y fueron ordenados otros discípulos en lugar de ellos; y también muchos de los de aquella generación habían muerto ya.
Y ocurrió que no había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo. Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna especie; y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios. No había ladrones, ni asesinos, ni lamanitas, ni ninguna especie de -itas, sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios.
¡Y cuán bendecidos fueron! Porque el Señor los bendijo en todas sus obras; sí, fueron bendecidos y prosperaron hasta que hubieron transcurrido ciento diez años; y la primera generación después de Cristo había muerto ya, y no había contención en toda la tierra.
Y sucedió que Nefi, el que llevaba estos últimos anales, murió (y llevaba la historia sobre las planchas de Nefi); y su hijo Amós la continuó en su lugar; y también lo hizo sobre las planchas de Nefi. Y la llevó ochenta y cuatro años, y todavía continuaba la paz en el país, con excepción de una pequeña parte del pueblo que se había rebelado contra la iglesia y tomado sobre sí el nombre de lamanitas; así que otra vez empezó a haber lamanitas en la tierra.
Y aconteció que Amós también murió (y fue a los ciento noventa y cuatro años de la venida de Cristo), y su hijo, Amós, llevó la historia en su lugar; y también la escribió sobre las planchas de Nefi, y también está escrita en el libro de Nefi, que es este libro.