Y sucedió que Nefi y Lehi partieron de allí para ir a la tierra de Nefi. Y aconteció que los capturó un ejército lamanita, y los echaron en la prisión, sí, en la misma prisión en que los siervos de Limhi habían echado a Ammón y sus hermanos. Y después de haber estado muchos días en la prisión, sin alimento, he aquí, llegaron a la prisión para sacarlos a fin de matarlos.
Y sucedió que Nefi y Lehi fueron envueltos como por fuego, de modo que no se atrevieron a echarles mano por miedo de ser quemados. No obstante, Nefi y Lehi no se quemaban; y se hallaban como si estuviesen en medio del fuego, y no se quemaban.
Y cuando vieron que los rodeaba un pilar de fuego, y que no los quemaba, sus corazones cobraron ánimo. Porque vieron que los lamanitas no se atrevían a echarles mano; ni se atrevían a acercárseles, sino que estaban como si hubieran quedado mudos de asombro.
Y ocurrió que Nefi y Lehi se adelantaron y empezaron a hablarles, diciendo:
“No temáis, porque he aquí, es Dios quien os ha manifestado esta maravilla, con lo cual os es mostrado que no podéis echar mano de nosotros para matarnos.”
Y he aquí, cuando hubieron dicho estas palabras, tembló la tierra fuertemente, y los muros de la prisión se sacudieron como si estuviesen a punto de caer al suelo; pero he aquí, no cayeron; y los que se hallaban en la prisión eran lamanitas y nefitas que eran disidentes. Y sucedió que los cubrió una nube de obscuridad, y se apoderó de ellos un espantoso e imponente temor.
Y aconteció que llegó una voz como si hubiera provenido de encima de la nube de obscuridad, diciendo:
Arrepentíos, arrepentíos, y no intentéis más destruir a mis siervos, a quienes os he enviado para declarar buenas nuevas.
Y ocurrió que cuando oyeron esta voz, y percibieron que no era una voz de trueno, ni una voz de un gran ruido tumultuoso, mas he aquí, era una voz apacible de perfecta suavidad, cual si hubiese sido un susurro, y penetraba hasta el alma misma; y a pesar de la suavidad de la voz, he aquí, la tierra tembló fuertemente, y otra vez se sacudieron los muros de la prisión como si fueran a derribarse; y he aquí, no se disipó la nube de tinieblas que los había envuelto.
Y he aquí, nuevamente vino la voz, diciendo:
Arrepentíos, arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca;
y no procuréis más destruir a mis siervos.
Y sucedió que la tierra tembló de nuevo y los muros se sacudieron.
Y también por tercera vez vino la voz, y les habló palabras maravillosas que el hombre no puede expresar; y temblaron otra vez los muros, y se estremeció la tierra, como si fuera a partirse. Y aconteció que los lamanitas no podían huir a causa de la nube de tinieblas que los cubría; sí, y también estaban sin poder moverse debido al temor que les había sobrevenido.
Y había entre ellos uno que era nefita de nacimiento, que había pertenecido en otro tiempo a la iglesia de Dios, pero se había separado de ella. Y sucedió que se volvió y, he aquí, vio los semblantes de Nefi y Lehi a través de la nube de tinieblas; y he aquí, brillaban en gran manera, aun como los rostros de ángeles. Y vio que alzaron sus ojos al cielo; y se hallaban en actitud de estar hablando o dirigiendo la voz a algún ser a quien contemplaban.
Y este hombre se llamaba Amínadab, y les dijo: Conversan con los ángeles de Dios.
Y ocurrió que este hombre gritó a los de la multitud para que se volvieran y miraran. Y he aquí, les fue dado poder para volverse y mirar; y vieron las caras de Nefi y de Lehi. Y dijeron al hombre: He aquí, ¿qué significan todas estas cosas, y con quién conversan estos hombres?
Y este hombre se llamaba Amínadab, y les dijo:
“Conversan con los ángeles de Dios.”
Y sucedió que le dijeron los lamanitas:
¿Qué haremos para que sea quitada esta nube de tinieblas que nos cubre?
Y les dijo Amínadab:
Debéis arrepentiros y clamar a la voz, hasta que tengáis fe en Cristo,
de quien os enseñaron Alma, Amulek y Zeezrom;
y cuando hagáis esto, será quitada la nube de tinieblas que os cubre.
Y aconteció que empezaron todos a clamar a la voz de aquel que había hecho temblar la tierra; sí, clamaron hasta que se dispersó la nube de tinieblas.
Y sucedió que cuando miraron a su derredor, y vieron que se había disipado la nube de tinieblas que los cubría, he aquí, vieron que estaban rodeados, sí, cada uno de ellos, por una columna de fuego.
Y Nefi y Lehi estaban en medio de ellos; sí, se hallaban rodeados; sí, se hallaban como si estuvieran en medio de llamas de fuego; sin embargo, ni los dañó ni incendió los muros de la prisión; y fueron llenos de ese gozo que es inefable y lleno de gloria.
Y he aquí, el Santo Espíritu de Dios descendió del cielo y entró en sus corazones; y fueron llenos como de fuego, y expresaron palabras maravillosas.
Y sucedió que llegó a ellos una voz; sí, una voz agradable, cual si fuera un susurro, diciendo:
¡Paz, paz a vosotros por motivo de vuestra fe en mi Bien Amado,
que era desde la fundación del mundo!
Y cuando oyeron esto, alzaron la vista como para ver de dónde venía la voz; y he aquí, vieron abrirse los cielos; y descendieron ángeles del cielo y les ministraron. Y eran como unas trescientas almas las que vieron y oyeron estas cosas; y les fue mandado que fueran y no se maravillaran, ni tampoco dudaran.
Y ocurrió que fueron, y ejercieron su ministerio entre el pueblo, declarando en todas las regiones inmediatas las cosas que habían oído y visto, de tal manera que se convencieron de ellas la mayor parte de los lamanitas, a causa de la grandeza de las evidencias que habían recibido. Y cuantos se convencieron dejaron sus armas de guerra, así como su odio y las tradiciones de sus padres. Y sucedió que entregaron a los nefitas las tierras de sus posesiones.