Y aconteció que el año noventa y uno había concluido, y habían pasado seiscientos años de la época en que Lehi salió de Jerusalén; y fue el año en que Laconeo era juez superior y gobernador en toda la tierra. Y Nefi hijo de Helamán, había partido de la tierra de Zarahemla, dando a su hijo Nefi, que era su hijo mayor, el cargo concerniente a las planchas de bronce y todos los anales que habían sido conservados, y todas aquellas cosas que se habían guardado sagradas desde la salida de Lehi de Jerusalén. Entonces salió de esa tierra, y nadie sabe adónde se fue; y su hijo Nefi llevó los anales en su lugar, sí, los anales de este pueblo.
Y Nefi, el padre de aquel Nefi que tenía a su cargo los anales, no volvió a la tierra de Zarahemla, ni se le pudo hallar en toda la tierra.
Y sucedió que a principios del año noventa y dos, he aquí, empezaron a cumplirse más plenamente las profecías de los profetas; porque empezó a haber mayores señales y mayores milagros entre el pueblo. Pero hubo algunos que empezaron a decir que ya había pasado el tiempo para que se cumplieran las palabras que habló Samuel el Lamanita. Y empezaron a reírse de sus hermanos, diciendo:
He aquí, ya se pasó el tiempo,
y no se han cumplido las palabras de Samuel;
de modo que han sido en vano vuestro gozo y vuestra fe concernientes a esto.
Y aconteció que hicieron un gran alboroto por toda la tierra; y las personas que creían empezaron a apesadumbrarse en gran manera, no fuese que de algún modo no llegaran a verificarse aquellas cosas que se habían declarado. Mas he aquí, esperaban firmemente la llegada de ese día y esa noche y otro día, que serían como un solo día, como si no hubiera noche, a fin de saber que su fe no había sido en vano.
Y sucedió que los incrédulos fijaron un día en el cual se habría de aplicar la pena de muerte a todos aquellos que creyeran en esas tradiciones, a menos que se verificase la señal que había indicado el profeta Samuel.