Y aconteció que los ejércitos de los nefitas se volvieron a su plaza fuerte. Y se pasó ese año diecinueve, y los ladrones no volvieron a la batalla; ni volvieron tampoco en el año veinte. Y ni en el año veintiuno vinieron a la batalla, sino que llegaron por todos lados para poner sitio al pueblo nefita; porque suponían que si aislaban al pueblo de Nefi de sus tierras, y los rodeaban por todas partes y les cortaban todos sus privilegios con el exterior, los obligarían a rendirse según sus deseos. Y se habían nombrado a otro caudillo que se llamaba Zemnaríah; por tanto, fue Zemnaríah el que hizo que se pusiera el sitio.
Mas he aquí, esto resultó ventajoso para los nefitas; porque era imposible que los ladrones sostuvieran el sitio el tiempo suficiente para causar efecto alguno en los nefitas, por motivo de sus muchas provisiones que tenían almacenadas, y por la falta de víveres entre los ladrones; pues he aquí, no tenían nada sino carne con qué subsistir, y obtenían esta carne en el desierto. Y aconteció que escaseó la caza en el desierto, a tal extremo que los ladrones estaban a punto de perecer de hambre.
Y los nefitas continuamente estaban haciendo salidas, de día y de noche, y cayendo sobre sus ejércitos, y destrozándolos por miles y por decenas de miles. Y así se implantó en la gente de Zemnaríah el deseo de abandonar su proyecto, debido a la destrucción tan grande que les sobrevenía de día y de noche. Y sucedió que Zemnaríah mandó a sus fuerzas que levantaran el sitio y emprendieran la marcha hacia las partes más lejanas de la tierra del norte.
Y Gidgiddoni, enterado de su propósito, y sabiendo de su debilidad, por motivo de la falta de víveres y el grande estrago que se había hecho entre ellos, envió, por tanto, sus tropas durante la noche y les cortó la retirada, y colocó a sus ejércitos por donde habían de retroceder. E hicieron esto durante la noche, y se adelantaron a los ladrones, de modo que al amanecer, cuando estos se pusieron en marcha, se encontraron con las fuerzas de los nefitas, tanto a su frente como a su retaguardia. Y los bandidos que estaban hacia el sur también quedaron aislados de sus guaridas. Y todas estas cosas se hicieron por órdenes de Gidgiddoni.
Y hubo muchos miles de ellos que se entregaron como prisioneros a los nefitas, y al resto de ellos los mataron. Y tomaron a Zemnaríah, su caudillo, y lo colgaron de un árbol, sí, de la copa del árbol hasta que murió. Y después de haberlo colgado, talaron el árbol y clamaron en alta voz, diciendo:
El Señor conserve a los de su pueblo en rectitud y en santidad de corazón, para que se eche por tierra a todos los que procuren matarlos por medio del poder y de las secretas combinaciones, tal como se ha echado por tierra a este hombre.
Y se regocijaron, y de nuevo clamaron a una voz, diciendo:
“El Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob proteja a este pueblo en justicia, en tanto que invoque el nombre de su Dios, pidiéndole protección.”
Y sucedió que prorrumpieron unánimes en cantos y alabanzas a su Dios, por el gran beneficio que les había otorgado, guardándolos de caer en las manos de sus enemigos. Sí, y clamaron:
¡Hosanna al Más Alto Dios!
Y dieron voces, diciendo:
¡Bendito sea el nombre del Señor Dios Todopoderoso,
el Más Alto Dios!
Y sus corazones rebosaron de alegría, hasta el derramamiento de muchas lágrimas, por razón de la inmensa bondad de Dios en librarlos de las manos de sus enemigos; y sabían que había sido por su arrepentimiento y humildad que habían sido librados de una destrucción eterna.
Y he aquí, no hubo alma viviente, entre todo el pueblo de los nefitas, que dudara en lo más mínimo de las palabras que todos los santos profetas habían hablado; porque sabían que era necesario que se cumplieran. Y sabían que era menester que Cristo hubiese venido, por motivo de las muchas señales que se habían dado, de acuerdo con las palabras de los profetas; y por causa de las cosas que ya se habían verificado, todos sabían que era necesario que se cumplieran todas las cosas de acuerdo con lo que se había hablado. Por tanto, abandonaron todos sus pecados, y sus abominaciones, y sus fornicaciones, y sirvieron a Dios con toda diligencia de día y de noche.
Y después de haber tomado cautivos a todos los ladrones, a tal grado que no se escapó ninguno de los que no murieron, encerraron a sus presos en la prisión, e hicieron que se les predicase la palabra de Dios; y cuantos se arrepintieron de sus pecados e hicieron pacto de que no cometerían más asesinatos, fueron puestos en libertad.
Pero todos cuantos no hicieron pacto y continuaron con aquellos asesinatos secretos en el corazón, sí, a todo el que hallaban profiriendo amenazas contra sus hermanos, lo condenaban y castigaban según la ley. Y así acabaron con todas aquellas inicuas, secretas y abominables combinaciones, mediante las cuales se habían cometido tantas iniquidades y tantos asesinatos.
Y así había concluido el año veintidós, y el año veintitrés también; y el veinticuatro y el veinticinco; y así habían pasado veinticinco años. Y habían sucedido muchas cosas que, a los ojos de algunos, habían sido grandes y maravillosas; sin embargo, no todas se pueden escribir en este libro; sí, este libro no puede contener ni la centésima parte de lo que se llevó a cabo entre tanta gente en el término de veinticinco años.