Zarahemla bajo el poder judicial

La Batalla Nefita-Amalekita

Alma 2:8–11

Amlici y su grupo político descontento, los Amlicites, se separan del cuerpo de los Nefitas en Zarahemla y planean un ataque.

Ahora bien, esto causó mucha alegría en el corazón de los que estaban en contra de él; pero Amlici incitó a la ira a aquellos que estaban a su favor en contra de los que no lo apoyaban. Y ocurrió que se reunieron y consagraron a Amlici para que fuese su rey. Y cuando Amlici fue nombrado su rey, les mandó que tomaran las armas en contra de sus hermanos; y lo hizo para subyugarlos a él.

Ahora bien, la gente de Amlici se distinguía con el nombre de Amlici, llamándose amlicitas; y los demás se llamaban nefitas o el pueblo de Dios.

Alma 2:12–13

Los nefitas se preparan para enfrentarse en batalla a los amlicitas.

Por tanto, los nefitas estaban enterados del intento de los amlicitas, y, por consiguiente, se prepararon para enfrentarse a ellos; sí, se armaron con espadas y con cimitarras, con arcos y con flechas, con piedras y con hondas, y con todo género de armas de guerra de todas clases. Y así quedaron preparados para hacer frente a los amlicitas al tiempo de su llegada. Y se nombraron capitanes, y capitanes mayores, y capitanes en jefe, según sus números.

Alma 2:14–15

La batalla estalla en el cerro Amnihu.

Y aconteció que Amlici armó a sus hombres con todo género de armas de guerra de todas clases; y también nombró jefes y caudillos sobre su gente para que los condujeran a la guerra contra sus hermanos.

Y sucedió que los amlicitas llegaron al cerro Amnihu, que quedaba al este del río Sidón, el cual pasaba junto a la tierra de Zarahemla, y allí empezaron a hacer la guerra a los nefitas.

Alma 2:16–17

Alma lidera a las tropas de los nefitas en la sangrienta batalla.

Ahora bien, Alma, que era juez superior y gobernador del pueblo de Nefi, fue con su gente, sí, con sus capitanes y capitanes en jefe, sí, a la cabeza de sus ejércitos, a combatir a los amlicitas. Y empezaron a matar a los amlicitas sobre el cerro al este del Sidón. Y los amlicitas contendieron contra los nefitas con gran vigor, al grado que muchos de los nefitas cayeron ante los amlicitas.

Alma 2:18–19

Los Nefitas, fortalecidos por Dios, obtienen ventaja sobre los Amlicitas. 12,532 bajas de Amlicitas; 6,562 bajas de Nefitas.

Sin embargo, el Señor fortaleció la mano de los nefitas, de modo que hirieron a los amlicitas con tan grande mortandad, que empezaron a huir delante de ellos. Y sucedió que los nefitas persiguieron a los amlicitas todo ese día, y los mataron con tan grande estrago, que el número de los amlicitas muertos llegó a doce mil quinientas treinta y dos almas; y de los nefitas fueron muertas seis mil quinientas sesenta y dos almas.

Alma 2:20

Los ejércitos se preparan para pasar la noche, los Nefitas permanecen en el valle de Gedeón.

Y acaeció que cuando Alma ya no pudo perseguir más a los amlicitas, hizo que su gente plantara sus tiendas en el valle de Gedeón, valle que así se llamaba por Gedeón, a quien Nehor mató con la espada; y en este valle los nefitas levantaron sus tiendas para pasar la noche.

Alma 2:21–22

Alma envía a cuatro espías al campamento de los amlicitas: Zeram, Amnor, Manti y Limher.

Y Alma envió espías para que siguieran al resto de los amlicitas, a fin de poder saber sus planes y sus conspiraciones, para que por ese medio él se guardara de ellos, a fin de evitar que su pueblo fuese destruido. Y los que envió a vigilar el campo de los amlicitas se llamaban Zeram, y Amnor, y Manti, y Limher; estos fueron los que partieron con sus hombres para espiar el campo de los amlicitas.

Alma 2:23–25

Por la mañana, los espías regresan e informan que los Amlicitas se han unido a los Lamanitas, y han comenzado a saquear la ciudad de Zarahemla.

Y aconteció que por la mañana retornaron al campo de los nefitas con gran prisa, asombrados en gran manera, y llenos de mucho temor, diciendo:

He aquí, seguimos el campo de los amlicitas, y con gran asombro vimos a una numerosa hueste de lamanitas en la tierra de Minón, más allá de la tierra de Zarahemla, en dirección de la tierra de Nefi; y he aquí, los amlicitas se han unido a ellos; y han caído sobre nuestros hermanos en esa tierra; y están huyendo ante ellos con sus rebaños, y sus esposas, y sus niños hacia nuestra ciudad; y a menos que nos demos prisa, se apoderarán de nuestra ciudad, y nuestros padres, y nuestras esposas y nuestros niños serán muertos.

Alma 2:26

El ejército nefitas regresa hacia Zarahemla y es encontrado por los amlicitas.

Y aconteció que los del pueblo de Nefi alzaron sus tiendas y partieron del valle de Gedeón hacia su ciudad, que era la ciudad de Zarahemla. Y he aquí, mientras estaban cruzando el río Sidón, los lamanitas y los amlicitas, casi tan numerosos como las arenas del mar, cayeron sobre ellos para destruirlos.

Alma 2:27–28

Los nefitas atacan con la fuerza del Señor y tienen un gran éxito.

Sin embargo, la mano del Señor fortaleció a los nefitas, habiéndole ellos rogado fervorosamente que los librara de las manos de sus enemigos; por tanto, el Señor oyó su clamor y los fortaleció, y los lamanitas y los amlicitas cayeron ante ellos.

Alma 2:29–30

Alma y Amlici se encuentran en un enfrentamiento hostil; se enfrentan en un duelo de espadas, y Alma ora por fuerza.

Y aconteció que Alma luchó con Amlici cara a cara con la espada; y lucharon tenazmente uno con otro. Y sucedió que Alma, siendo un hombre de Dios y teniendo mucha fe, clamó, diciendo: ¡Oh Señor, ten misericordia y salva mi vida a fin de que yo sea un instrumento en tus manos para salvar y preservar a este pueblo!

Alma 2:31

Al orar, Alma recibe fuerza y mata a Amlici.

Y cuando Alma hubo dicho estas palabras, contendió de nuevo contra Amlici; y a tal grado fue fortalecido, que mató a Amlici con la espada.

Alma 2:32–33

Luego se enfrenta al rey de los lamanitas, quien escapa con sus guardias por el miedo.

Y también se batió con el rey de los lamanitas, pero el rey huyó de Alma, y envió a sus guardias para contender con él. Mas Alma, con sus guardias, combatió con los guardias del rey de los lamanitas hasta que los mató y los hizo retroceder.

Alma 2:34–36

Los nefitas cruzan el río Sidón y persiguen a los insurgentes restantes.

Y así despejó el terreno, o más bien la ribera, que se hallaba al oeste del río Sidón, arrojando a las aguas del Sidón los cuerpos de los lamanitas muertos, a fin de que su pueblo tuviera espacio para pasar y contender con los lamanitas y los amlicitas que se hallaban del lado occidental del río Sidón.

Y aconteció que cuando todos hubieron cruzado el río Sidón, los lamanitas y los amlicitas empezaron a huir delante de ellos, a pesar de ser tan numerosos que no podían ser contados. Y huyeron delante de los nefitas hacia el desierto que se hallaba al oeste y al norte, más allá de las fronteras de la tierra; y los nefitas los persiguieron con vigor y los mataron.

Alma 2:37–38

Muchos de Los amlicitas son expulsados hacia el desierto de Hermounts; muchos mueren a causa de heridas o ataques de animales.

Sí, les salieron por todas partes, y fueron muertos y perseguidos, hasta esparcirlos por el oeste y por el norte, hasta que llegaron al desierto que se llamaba Hermounts; y era esa parte del yermo que estaba infestada de animales salvajes y voraces.

Y aconteció que muchos murieron de sus heridas en el desierto, y fueron devorados por aquellos animales y también por los buitres del aire; y sus huesos han sido descubiertos y amontonados sobre la tierra.

Alma 3:1–3

Los nefitas supervivientes entierran a sus muertos y vuelven a sus hogares; las secuelas de la guerra son agudas.

Y sucedió que los nefitas que no fueron muertos por las armas de guerra, luego que hubieron sepultado a los que habían perecido —y el número de los muertos no se contó a causa de la magnitud de su número— después que hubieron sepultado a sus muertos, todos se volvieron a sus tierras y sus casas, y a sus esposas y a sus hijos.

Ahora bien, muchas mujeres y muchos niños habían perecido por la espada, así como gran cantidad de sus rebaños y manadas; y también fueron destruidos muchos de sus campos de grano, hollados por las huestes de hombres.

Y cuantos lamanitas y amlicitas perecieron sobre la ribera del río Sidón fueron arrojados en las aguas del río; y he aquí, sus huesos se hallan en las profundidades del mar, y son muchos.