Pero la mayor parte de ellos deseaban destruir a Alma y a Amulek, porque estaban irritados con Alma a causa de la claridad de sus palabras a Zeezrom; y también decían que Amulek les había mentido, y había vituperado su ley, y también a sus abogados y jueces. Y también estaban enojados con Alma y Amulek; y porque habían testificado tan claramente contra sus maldades, procuraban deshacerse de ellos secretamente. Mas aconteció que no lo hicieron, sino que los tomaron y los ataron con fuertes cuerdas, y los llevaron ante el juez superior de la tierra.
Y se presentó el pueblo y testificó contra ellos, declarando que habían vituperado la ley, así como a sus abogados y jueces de la tierra, y a toda la gente que había en la tierra; y que también habían testificado que no había sino un Dios, y que iba a enviar a su Hijo entre los hombres, pero que este no los salvaría; y muchas otras cosas semejantes testificó la gente contra Alma y Amulek. Y esto se hizo ante el juez superior de la tierra.
Y aconteció que Zeezrom se hallaba asombrado de las palabras que se habían hablado; y sabía también acerca de la ceguedad de la mente que él había causado entre el pueblo con sus palabras mentirosas; y su alma empezó a sentirse atormentada por la conciencia de su propia culpa; sí, empezaron a rodearlo los dolores del infierno. Y sucedió que empezó a clamar al pueblo, diciendo: He aquí, yo soy culpable, y estos hombres son sin mancha ante Dios. Y empezó a abogar por ellos desde ese momento, mas el pueblo lo escarneció diciendo: ¿Estás tú también poseído del diablo? Y escupieron sobre él y lo echaron de entre ellos; y también a todos los que creían en las palabras que Alma y Amulek les habían hablado; y los echaron fuera, y enviaron hombres para que los apedrearan.
Y empezó a abogar por ellos desde ese momento, mas el pueblo lo escarneció diciendo:
¿Estás tú también poseído del diablo?
Y escupieron sobre él y lo echaron de entre ellos; y también a todos los que creían en las palabras que Alma y Amulek les habían hablado; y los echaron fuera, y enviaron hombres para que los apedrearan.
Y juntaron a sus esposas e hijos, y mandaron echar al fuego a todo aquel que creía, o al que se le había enseñado a creer en la palabra de Dios; y también trajeron sus anales, que contenían las Santas Escrituras, y los arrojaron también al fuego para ser quemados y destruidos por fuego.
Y ocurrió que tomaron a Alma y Amulek y los llevaron al lugar del martirio para que presenciaran la destrucción de los que eran consumidos por el fuego.
Y cuando Amulek vio los dolores de las mujeres y los niños que se consumían en la hoguera, se condolió también, y dijo a Alma:
¿Cómo podemos presenciar esta horrible escena? Extendamos, pues, nuestras manos y ejerzamos el poder de Dios que está en nosotros, y salvémoslos de las llamas.
Mas le dijo Alma:
El Espíritu me constriñe a no extender la mano; pues he aquí, el Señor los recibe para sí mismo en gloria; y él permite que el pueblo les haga esto, según la dureza de sus corazones, para que los juicios que en su ira envíe sobre ellos sean justos; y la sangre del inocente será un testimonio en su contra, sí, y clamará fuertemente contra ellos en el postrer día.
Entonces Amulek dijo a Alma:
He aquí, quizá nos quemen a nosotros también.
Y Alma dijo:
“Hágase según la voluntad del Señor.
Mas he aquí, nuestra obra no se ha cumplido;
por tanto, no nos quemarán.”