Y aconteció que el juez superior envió una proclamación por todo el país, en la que deseaba saber la voz del pueblo respecto a la admisión de sus hermanos, que eran el pueblo de Anti-Nefi-Lehi.
Y sucedió que vino la voz del pueblo diciendo: He aquí, cederemos la tierra de Jersón, que se halla al este junto al mar, y colinda con la tierra de Abundancia, y queda al sur de la tierra de Abundancia; y esta tierra de Jersón es la que daremos a nuestros hermanos por herencia. Y he aquí, colocaremos a nuestros ejércitos entre la tierra de Jersón y la tierra de Nefi para proteger a nuestros hermanos en la tierra de Jersón; y hacemos esto por nuestros hermanos a causa de su temor a empuñar las armas en contra de sus hermanos, no sea que cometan pecado; y este gran temor suyo provino a causa del profundo arrepentimiento habido en ellos por motivo de sus muchos asesinatos y su terrible iniquidad. Y he aquí, haremos esto por nuestros hermanos, para que hereden la tierra de Jersón; y los protegeremos de sus enemigos con nuestros ejércitos, con la condición de que nos den una parte de sus bienes para ayudarnos, a fin de sostener nuestros ejércitos.
Y aconteció que cuando Ammón hubo oído esto, se volvió, y también Alma con él, al pueblo de Anti-Nefi-Lehi en el desierto, donde habían plantado sus tiendas, y les hizo saber todas estas cosas. Y Alma también les relató su conversión, con Ammón, Aarón y sus hermanos. Y sucedió que causó un gozo inmenso entre ellos.
Y descendieron a la tierra de Jersón, y tomaron posesión de esa tierra; ...
... y los nefitas los llamaron el pueblo de Ammón; por tanto, se distinguieron por ese nombre de allí en adelante. Y se hallaban entre el pueblo de Nefi, y también eran contados entre el pueblo que era de la iglesia de Dios.
Y se distinguían por su celo para con Dios, y también para con los hombres; pues eran completamente honrados y rectos en todas las cosas; y eran firmes en la fe de Cristo, aun hasta el fin.
Y miraban con el mayor horror el derramar la sangre de sus hermanos; y nunca se les pudo inducir a tomar las armas contra sus hermanos; y no veían la muerte con ningún grado de terror, a causa de su esperanza y conceptos de Cristo y la resurrección; por tanto, para ellos la muerte era consumida por la victoria de Cristo sobre ella. Por consiguiente, padecían la muerte más terrible y afrentosa que sus hermanos pudieran infligirles, antes que tomar la espada o la cimitarra para herirlos. De modo que eran un pueblo celoso y amado, un pueblo altamente favorecido del Señor.