Ahora os digo que debéis arrepentiros y nacer de nuevo; pues el Espíritu dice que si no nacéis otra vez, no podéis heredar el reino de los cielos. Venid, pues, y sed bautizados para arrepentimiento, a fin de que seáis lavados de vuestros pecados, para que tengáis fe en el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo, que es poderoso para salvar y para limpiar de toda iniquidad.
Sí, os digo, venid y no temáis, y desechad todo pecado, pecado que fácilmente os envuelve, que os liga hasta la destrucción; sí, venid y adelantaos, y manifestad a vuestro Dios que estáis dispuestos a arrepentiros de vuestros pecados y a concertar un convenio con él de guardar sus mandamientos, y testificádselo hoy, yendo a las aguas del bautismo.
Y el que hiciere esto y guardare los mandamientos de Dios de allí en adelante, se acordará que le digo, sí, se acordará que le he dicho, según el testimonio del Santo Espíritu que testifica en mí, que tendrá la vida eterna.
Y ahora bien, amados hermanos míos, ¿creéis estas cosas? He aquí, os digo que sí, yo sé que las creéis; y la forma en que yo sé que las creéis es por la manifestación del Espíritu que hay en mí. Y ahora, por motivo de que vuestra fe es grande en esto, sí, concerniente a lo que os he hablado, grande es mi gozo.
Porque como os dije desde el principio, deseaba mucho que no estuvieseis en el estado de dilema semejante a vuestros hermanos; y he hallado que se han realizado mis deseos.
Porque percibo que andáis por las sendas de la rectitud.
Veo que os halláis en el camino que conduce al reino de Dios;
sí, percibo que estáis enderezando sus sendas.
Veo que se os ha hecho saber, por el testimonio de su palabra,
que él no puede andar en sendas tortuosas;
ni se desvía de aquello que ha dicho;
ni hay en él sombra de apartarse de la derecha a la izquierda, o del bien al mal;
por tanto, su curso es un giro eterno.
Y él no habita en templos impuros; y ni la suciedad ni cosa inmunda alguna pueden ser recibidas en el reino de Dios; por tanto, os digo que vendrá el tiempo, sí, y será en el postrer día, en que el que sea inmundo permanecerá en su inmundicia.