Y ocurrió que después que hubo fortificado aquellas partes de la tierra que más expuestas estaban a los lamanitas, hasta que quedaron suficientemente fuertes, Moroni volvió a la ciudad de Zarahemla; y Helamán también se volvió al lugar de su herencia; y nuevamente quedó establecida la paz entre el pueblo de Nefi. Y Moroni entregó el mando de sus ejércitos a su hijo, cuyo nombre era Moroníah; y se retiró a su propia casa a fin de pasar el resto de sus días en paz.
Y Pahorán volvió a su asiento judicial; y Helamán emprendió otra vez la predicación de la palabra de Dios al pueblo; pues por causa de tantas guerras y contenciones, se había hecho necesario que de nuevo se hiciera una reglamentación en la iglesia.
Por tanto, Helamán y sus hermanos salieron y declararon la palabra de Dios con mucho poder, convenciendo a mucha gente de sus iniquidades, lo que los hizo arrepentirse de sus pecados y ser bautizados para el Señor su Dios. Y ocurrió que otra vez establecieron la iglesia de Dios por toda la tierra. Sí, y se establecieron reglamentos concernientes a la ley; y fueron elegidos sus jueces y jueces superiores.
Y el pueblo de Nefi una vez más empezó a prosperar en la tierra, y de nuevo comenzó a multiplicarse y a hacerse sumamente fuerte en la tierra. Y comenzaron a hacerse muy ricos. Mas no obstante sus riquezas, su poder y su prosperidad, no se ensalzaron en el orgullo de sus ojos, ni fueron lentos en acordarse del Señor su Dios, sino que se humillaron profundamente delante de él. Sí, recordaban cuán grandes cosas había hecho el Señor por ellos: cómo los había librado de la muerte, y del cautiverio, y de cárceles, y de todo género de aflicciones, y los había rescatado de las manos de sus enemigos. Y oraban al Señor su Dios continuamente, al grado de que él los bendijo de acuerdo con su palabra, de modo que se hicieron fuertes y prosperaron en la tierra.
Y sucedió que se hicieron todas estas cosas. Y murió Helamán en el año treinta y cinco del gobierno de los jueces sobre el pueblo de Nefi.