Y sucedió que a principios del año veintinueve, recibimos un abastecimiento de provisiones de la tierra de Zarahemla y sus alrededores, y también un refuerzo de seis mil hombres para nuestro ejército, además de sesenta de los hijos de los ammonitas que habían llegado para unirse a sus hermanos, mi pequeña compañía de dos mil. Y he aquí, éramos fuertes; sí, y nos trajeron abundancia de provisiones. Y aconteció que era nuestro deseo trabar batalla con el ejército que estaba colocado para proteger la ciudad de Cumeni.
Y he aquí, te manifestaré que no tardamos en realizar nuestro deseo; sí, con nuestro fuerte ejército, o sea, con una parte de nuestro fuerte ejército, rodeamos la ciudad de Cumeni durante la noche, un poco antes que recibieran un abastecimiento de provisiones. Y ocurrió que estuvimos acampados alrededor de la ciudad durante varias noches; pero dormíamos sobre nuestras espadas y poníamos guardias, a fin de que los lamanitas no cayeran sobre nosotros durante la noche y nos mataran, cosa que intentaron muchas veces; pero cuantas veces lo intentaron, se vertió su sangre. Llegaron por fin sus provisiones, y estaban ya a punto de entrar en la ciudad durante la noche. Y en lugar de ser lamanitas, éramos nosotros los nefitas; por tanto, nos apoderamos de ellos y de sus provisiones.
Y no obstante que los lamanitas quedaron privados de su sostén de esta manera, aún estaban resueltos a retener la ciudad; por tanto, se hizo necesario que tomáramos aquellas provisiones y las enviáramos a Judea, y nuestros prisioneros a la tierra de Zarahemla. Y acaeció que no habían pasado muchos días, cuando los lamanitas empezaron a perder toda esperanza de recibir ayuda; por tanto, entregaron la ciudad en nuestras manos; y así habíamos realizado nuestros proyectos de apoderarnos de la ciudad de Cumeni.
Pero ocurrió que nuestros prisioneros eran tan numerosos que, a pesar de nuestro gran número, nos vimos obligados a emplear todas nuestras fuerzas para vigilarlos, o quitarles la vida. Porque he aquí, se sublevaban en grandes números, y peleaban con piedras, con palos o cualquier cosa que llegara a sus manos, de modo que matamos a más de dos mil de ellos después que se hubieron entregado como prisioneros de guerra.
Por tanto, nos fue menester o quitarles la vida o custodiarlos, espada en mano, hasta la tierra de Zarahemla; y además, nuestras provisiones apenas eran suficientes para nuestra propia gente, a pesar de lo que habíamos tomado de los lamanitas. Y en estas circunstancias críticas, llegó a ser un asunto grave determinar concerniente a estos prisioneros de guerra. No obstante, determinamos enviarlos a la tierra de Zarahemla; por tanto, escogimos una parte de nuestros hombres, y les encargamos nuestros prisioneros para descender con ellos a la tierra de Zarahemla.
Y era Gid el capitán en jefe de la escolta que se había nombrado para custodiarlos hasta allá.
Pero sucedió que volvieron a la mañana siguiente; mas no les preguntamos acerca de los prisioneros, porque he aquí, los lamanitas ya estaban sobre nosotros, y volvieron oportunamente para salvarnos de caer en manos de los lamanitas. Pues he aquí, Ammorón había enviado en su auxilio un nuevo abastecimiento de provisiones y también un numeroso ejército.
Y sucedió que los hombres que habíamos enviado con los prisioneros llegaron oportunamente para contenerlos cuando estaban a punto de vencernos.
Pero he aquí, mi pequeña compañía de dos mil sesenta combatió desesperadamente; sí, se mantuvieron firmes ante los lamanitas e hicieron morir a cuantos se les oponían.
Y mientras que el resto de nuestro ejército se encontraba a punto de ceder ante los lamanitas, he aquí, estos dos mil sesenta permanecieron firmes e impávidos. Sí, y obedecieron y procuraron cumplir con exactitud toda orden; sí, y les fue hecho según su fe; y me acordé de las palabras que, según me dijeron, sus madres les habían enseñado.
Y he aquí, es a estos, mis hijos, y a los hombres que habíamos elegido para escoltar a los prisioneros, a quienes debemos esta gran victoria; porque fueron ellos los que vencieron a los lamanitas; por tanto, los hicieron retroceder hasta la ciudad de Manti. Y nosotros retuvimos nuestra ciudad de Cumeni, y no fuimos todos destruidos por la espada; no obstante, habíamos sufrido grandes bajas.
Y aconteció que después de haber huido los lamanitas, inmediatamente di órdenes de que mis hombres que habían sido heridos fuesen recogidos de entre los muertos, e hice que les vendaran sus heridas.
Y aconteció que doscientos, de mis dos mil sesenta, se habían desmayado por la pérdida de sangre. Sin embargo, mediante la bondad de Dios, y para nuestro gran asombro, y también para el gozo de todo nuestro ejército, ni uno solo de ellos había perecido; sí, y no hubo entre ellos uno solo que no hubiese recibido muchas heridas.
Y su preservación fue asombrosa para todo nuestro ejército; sí, que ellos hubiesen sido librados mientras que hubo un millar de nuestros hermanos que fueron muertos. Y lo atribuimos con justicia al milagroso poder de Dios, por motivo de su extraordinaria fe en lo que se les había enseñado a creer: que había un Dios justo, y que todo aquel que no dudara, sería preservado por su maravilloso poder. Esta, pues, fue la fe de aquellos de que he hablado; son jóvenes, y sus mentes son firmes, y ponen su confianza en Dios continuamente.
Y ocurrió que después de haber atendido a nuestros heridos, y de haber enterrado a nuestros muertos, y también a los muertos de los lamanitas, que eran muchos, he aquí, interrogamos a Gid concerniente a los prisioneros con los que habían empezado a descender a la tierra de Zarahemla.
Y estas son las palabras que Gid me dijo: …
Y acaeció que cuando yo, Helamán, hube oído estas palabras de Gid, me llené de un gozo muy grande a causa de la bondad de Dios en protegernos para que no pereciéramos todos; sí, y confío en que las almas de los que han muerto hayan entrado en el reposo de su Dios.