¿Quién se hubiera imaginado que nuestro Dios fuera tan misericordioso como para sacarnos de nuestro estado terrible, pecaminoso y corrompido? He aquí, salimos aun con ira, con potentes amenazas, para destruir su iglesia.
¿Por qué, entonces, no nos entregó a una terrible destrucción? Sí, ¿por qué no dejó caer la espada de su justicia sobre nosotros y nos condenó a la desesperación eterna? ¡Oh, casi se me va el alma, por así decirlo, cuando pienso en ello! He aquí, él no ejerció su justicia sobre nosotros, sino que en su gran misericordia nos ha hecho salvar ese sempiterno abismo de muerte y de miseria, para la salvación de nuestras almas.