Y ciertamente era grande, porque habían emprendido la predicación de la palabra de Dios a un pueblo salvaje, empedernido y feroz; un pueblo que se deleitaba en asesinar a los nefitas, y en robarles y despojarlos; y tenían el corazón puesto en las riquezas, o sea, en el oro, y la plata y las piedras preciosas; sí, además, procuraban posesionarse de estas cosas asesinando y despojando, para no tener que trabajar por ellas con sus propias manos. De modo que eran un pueblo muy indolente; muchos de ellos adoraban ídolos, y la maldición de Dios había caído sobre ellos a causa de las tradiciones de sus padres; sin embargo, las promesas del Señor se extendían a ellos mediante las condiciones del arrepentimiento. Por esta causa, pues, fue que los hijos de Mosíah habían emprendido la obra, para que quizá los condujeran al arrepentimiento; para que tal vez los trajeran al conocimiento del plan de redención.