Y sucedió que cuando todos se hubieron unido, cada cual al ejército que prefería, con sus esposas y sus hijos —habiendo armado a los hombres, así como a las mujeres y a los niños, con armas de guerra, con escudos, y petos, y cascos, y estando vestidos para la guerra— marcharon el uno contra el otro a la batalla; y lucharon todo ese día, y no triunfaron.
Y aconteció que al llegar la noche, se hallaban rendidos de cansancio y se retiraron a sus campamentos; y después que se hubieron retirado a sus campamentos, empezaron a gemir y a lamentarse por los que habían muerto entre su pueblo; y tan grandes eran sus gritos, gemidos y lamentos, que hendían el aire en sumo grado.
Y sucedió que a la mañana siguiente de nuevo salieron a la batalla; y grande y terrible fue aquel día; sin embargo, no triunfaron; y cuando llegó la noche, otra vez hendieron el aire con sus lamentos, sus gritos y gemidos por la pérdida de los que habían muerto de su pueblo.
Y sucedió que Coriántumr de nuevo escribió una epístola a Shiz, pidiendo que no volviera al combate, sino que tomara el reino y perdonara la vida de los del pueblo. Y he aquí, el Espíritu del Señor había dejado de luchar con ellos, y Satanás se había apoderado completamente de sus corazones; porque se habían entregado a la dureza de sus corazones y a la ceguedad de sus mentes, a fin de que fuesen destruidos; por tanto, volvieron a la batalla.
Y ocurrió que combatieron todo ese día, y al llegar la noche durmieron sobre sus espadas. Y a la mañana siguiente lucharon hasta que llegó la noche.
Y cuando llegó la noche, estaban ebrios de ira, así como el hombre que está borracho de vino; y de nuevo durmieron sobre sus espadas. Y a la mañana siguiente volvieron a luchar; y cuando llegó la noche, todos habían caído por la espada salvo cincuenta y dos de la gente de Coriántumr, y sesenta y nueve de la gente de Shiz.
Y sucedió que durmieron sobre sus espadas aquella noche, y a la mañana siguiente reanudaron el combate, y lucharon con todas sus fuerzas con sus espadas y sus escudos todo ese día. Y cuando llegó la noche quedaban treinta y dos de la gente de Shiz, y veintisiete de la gente de Coriántumr.
Y sucedió que comieron y durmieron, y se prepararon para morir a la mañana siguiente. Y eran hombres grandes y fuertes en cuanto a la fuerza del hombre.
Y ocurrió que pelearon por el espacio de tres horas, y cayeron desmayados por la pérdida de sangre.
Y aconteció que, habiéndose recobrado lo suficiente para caminar, los hombres de Coriántumr estaban a punto de huir por sus vidas; pero he aquí, se levantó Shiz, y también sus hombres, y juró en su ira que mataría a Coriántumr o perecería por la espada.
Por tanto, los persiguió, y a la mañana siguiente los alcanzó; y pelearon otra vez con sus espadas. Y aconteció que cuando todos hubieron caído por la espada, menos Coriántumr y Shiz, he aquí, Shiz se había desmayado por la pérdida de sangre.
Y ocurrió que después de haberse apoyado Coriántumr sobre su espada, de modo que descansó un poco, le cortó la cabeza a Shiz.
Y sucedió que después que le hubo cortado a Shiz la cabeza, este se alzó sobre sus manos y cayó; y después de esforzarse por alcanzar aliento, murió.
Y aconteció que Coriántumr cayó a tierra, y se quedó como si no tuviera vida.
Y el Señor habló a Éter y le dijo:
Sal.
Y salió, y vio que se habían cumplido todas las palabras del Señor; y concluyó sus anales (y ni la centésima parte he escrito yo); y los escondió de tal modo que el pueblo de Limhi los encontró.
Y las últimas palabras que Éter escribió son estas:
Si el Señor quiere que yo sea trasladado, o que sufra la voluntad del Señor en la carne, no importa, con tal que yo me salve en el reino de Dios. Amén.