Y ahora bien, hijo mío, quisiera Dios que no hubieses sido culpable de tan gran delito. No persistiría en hablar de tus delitos, para atormentar tu alma, si no fuera para tu bien. Mas he aquí, tú no puedes ocultar tus delitos de Dios; y a menos que te arrepientas, se levantarán como testimonio contra ti en el postrer día.