Y llegó a la tierra de Gedeón, y empezó a predicarles también; y he aquí, no tuvo mucho éxito, porque lo tomaron y lo ataron y lo llevaron ante el sumo sacerdote, y también el juez superior del país.
Y aconteció que el sumo sacerdote le dijo:
¿Por qué andas pervirtiendo las vías del Señor?
¿Por qué enseñas a este pueblo que no habrá Cristo,
para interrumpir su gozo?
¿Por qué hablas contra todas las profecías de los santos profetas?
Y el nombre del sumo sacerdote era Giddona.
Y Korihor le dijo:
Porque no enseño las insensatas tradiciones de vuestros padres, y porque no enseño a este pueblo a subyugarse bajo las insensatas ordenanzas y prácticas establecidas por antiguos sacerdotes para usurpar poder y autoridad sobre ellos, para tenerlos en la ignorancia, a fin de que no levanten la cabeza, sino que se humillen de acuerdo con vuestras palabras.
Decís que este es un pueblo libre. He aquí, os digo que se halla en el cautiverio. Decís que esas antiguas profecías son verdaderas. He aquí, os digo que no sabéis si son verdaderas. Decís que este es un pueblo culpable y caído a causa de la transgresión de un padre. He aquí, os digo que un niño no es culpable por causa de sus padres. También decís que Cristo vendrá. Mas he aquí, os digo que no sabéis si habrá un Cristo. Y también decís que será muerto por los pecados del mundo; y así lleváis a este pueblo en pos de las insensatas tradiciones de vuestros padres y conforme a vuestros propios deseos; y los tenéis sometidos, como si fuera en el cautiverio, para saciaros del trabajo de sus manos, de modo que no se atreven a levantar la vista con valor, ni se atreven a gozar de sus propios derechos y privilegios.
Sí, no se atreven a hacer uso de lo que les pertenece, no sea que ofendan a sus sacerdotes, los cuales los uncen al yugo según sus deseos, y les han hecho creer, por sus tradiciones, y sus sueños, caprichos, visiones y misterios fingidos, que si no obran conforme a sus palabras, ofenderán a algún ser desconocido que dicen que es Dios, un ser que nunca se ha visto ni conocido, que nunca existió ni existirá.
Ahora bien, cuando el sumo sacerdote y el juez superior vieron la dureza de su corazón, sí, cuando vieron que vilipendiaba aun a Dios, no quisieron responder a sus palabras, sino que hicieron que fuese atado; y lo entregaron en manos de los oficiales, y lo enviaron a la tierra de Zarahemla, para que allí compareciera ante Alma y ante el juez superior que gobernaba todo el país.