Ahora bien, cuando Alma vio esto, se angustió su corazón, pues vio que eran una gente inicua y perversa; sí, vio que sus corazones estaban puestos en el oro, y en la plata, y en toda clase de objetos finos. Sí, y también vio que por motivo de su orgullo sus corazones se ensalzaban con gran jactancia.
Y elevó su voz al cielo y exclamó, diciendo: ¡Oh Señor!, ¿hasta cuándo permitirás que tus siervos moren aquí en la carne, para presenciar tan grave iniquidad entre los hijos de los hombres?
Y aconteció que cuando Alma hubo dicho estas palabras, puso sus manos sobre todos aquellos que estaban con él. Y he aquí, al imponerles las manos, fueron llenos del Espíritu Santo.
Y tras esto se separaron unos de otros, sin preocuparse por lo que habían de comer, ni por lo que habían de beber, ni por lo que habían de vestir. Y el Señor les proveyó a fin de que no padeciesen hambre, ni tuviesen sed; sí, y también les dio fuerza para que no padeciesen ningún género de aflicciones que no fuesen consumidas en el gozo de Cristo. Y esto aconteció según la oración de Alma; y esto porque oró con fe.
Y esto no es todo, hijo mío. Tú hiciste lo que para mí fue penoso; porque abandonaste el ministerio y te fuiste a la tierra de Sirón, en las fronteras de los lamanitas, tras la ramera Isabel. Sí, ella se conquistó el corazón de muchos; pero no era excusa para ti, hijo mío. Tú debiste haber atendido al ministerio que se te confió.