La Misión a los zoramitas en Antiónum

Preparación para Enseñar

Alma 31:24–25

Alma está triste al ver que la ciudad está atrapada en la búsqueda de riquezas y orgullo.

Ahora bien, cuando Alma vio esto, se angustió su corazón, pues vio que eran una gente inicua y perversa; sí, vio que sus corazones estaban puestos en el oro, y en la plata, y en toda clase de objetos finos. Sí, y también vio que por motivo de su orgullo sus corazones se ensalzaban con gran jactancia.

Alma 31:26–35

Alma reza para tener éxito en la predicación al pueblo y pide que una bendición recaiga sobre él y sobre los demás misioneros.

Y elevó su voz al cielo y exclamó, diciendo: ¡Oh Señor!, ¿hasta cuándo permitirás que tus siervos moren aquí en la carne, para presenciar tan grave iniquidad entre los hijos de los hombres?

Alma 31:36

Alma termina su oración, junta sus manos y se llena del espíritu.

Y aconteció que cuando Alma hubo dicho estas palabras, puso sus manos sobre todos aquellos que estaban con él. Y he aquí, al imponerles las manos, fueron llenos del Espíritu Santo.

Alma 31:37–38

Los misioneros se dividen y salen a predicar el evangelio.

Y tras esto se separaron unos de otros, sin preocuparse por lo que habían de comer, ni por lo que habían de beber, ni por lo que habían de vestir. Y el Señor les proveyó a fin de que no padeciesen hambre, ni tuviesen sed; sí, y también les dio fuerza para que no padeciesen ningún género de aflicciones que no fuesen consumidas en el gozo de Cristo. Y esto aconteció según la oración de Alma; y esto porque oró con fe.

Alma 39:3–4

Coriantón se desvía para seguir a una ramera llamada Isabel.

Y esto no es todo, hijo mío. Tú hiciste lo que para mí fue penoso; porque abandonaste el ministerio y te fuiste a la tierra de Sirón, en las fronteras de los lamanitas, tras la ramera Isabel. Sí, ella se conquistó el corazón de muchos; pero no era excusa para ti, hijo mío. Tú debiste haber atendido al ministerio que se te confió.