Y después de haber estado tres días al servicio del rey, mientras iba con los siervos lamanitas, llevando sus rebaños al abrevadero que se llamaba las aguas de Sebús, y todos los lamanitas llevaban allí sus rebaños para que bebieran,
de modo que mientras Ammón y los siervos del rey llevaban sus rebaños al abrevadero, he aquí, un cierto número de lamanitas, que ya habían estado allí para abrevar sus rebaños, se levantaron y dispersaron los rebaños de Ammón y los siervos del rey, y los esparcieron de tal modo que huyeron por todas partes.
Y era la costumbre de estos lamanitas colocarse cerca de las aguas de Sebús para esparcir los rebaños del pueblo, y así llevarse a su propia tierra muchos de los que eran esparcidos, pues entre ellos era una manera de robar.
Entonces los siervos del rey empezaron a murmurar, diciendo:
¡Ahora el rey nos matará como lo ha hecho con nuestros hermanos, porque sus rebaños fueron dispersados por la maldad de estos hombres!
Y empezaron a llorar amargamente, diciendo:
¡He aquí, nuestros rebaños ya están esparcidos!
Y lloraban por temor a perder la vida.
pues había quitado la vida a muchos de ellos porque sus hermanos les habían dispersado sus rebaños en el abrevadero; y porque les habían esparcido sus rebaños fueron muertos.
Y lloraban por temor a perder la vida. Ahora bien, cuando Ammón vio esto, se le llenó de gozo el corazón, porque dijo:
Manifestaré mi poder, o sea, el poder que está en mí, a estos mis consiervos, recogiendo estos rebaños para el rey, a fin de ganar el corazón de mis consiervos, para encaminarlos a creer en mis palabras.
Y tales eran los pensamientos de Ammón, al ver las aflicciones de aquellos a quienes él llamaba sus hermanos.
Y ocurrió que los alentó con sus palabras, diciendo:
“Hermanos míos, sed de buen ánimo, y vayamos a buscar los rebaños, y los recogeremos y los traeremos otra vez al abrevadero; y así preservaremos los rebaños del rey, y no nos matará.”
Y sucedió que salieron a buscar los rebaños, y siguieron a Ammón; y corrieron con mucha ligereza y atajaron los rebaños del rey y los juntaron en el abrevadero otra vez.
Y aquellos hombres se dispusieron otra vez para esparcir sus rebaños; pero Ammón dijo a sus hermanos:
Cercad los rebaños para que no huyan;
yo voy a contender con estos hombres que dispersan nuestros rebaños.
Hicieron, por tanto, lo que Ammón les mandó, y él avanzó y se dispuso a contender con los que estaban cerca de las aguas de Sebús; y eran no pocos en número.
Por tanto, no temían a Ammón, porque suponían que uno de sus hombres podía matarlo a su gusto, pues no sabían que el Señor había prometido a Mosíah que libraría a sus hijos de las manos de ellos; ni sabían nada en cuanto al Señor; por tanto, se deleitaban en la destrucción de sus hermanos, y por esta razón avanzaron para esparcir los rebaños del rey.
Pero Ammón se adelantó y empezó a arrojarles piedras con su honda; sí, con gran fuerza lanzó piedras contra ellos; y así mató a cierto número de ellos, de modo que empezaron a asombrarse de su poder; no obstante, estaban enojados por causa de sus hermanos muertos, y estaban resueltos a hacerlo caer; viendo, pues, que no podían pegarle con sus piedras, avanzaron con mazas para matarlo.
Mas he aquí, que con su espada Ammón le cortaba el brazo a todo el que levantaba la maza para herirlo; porque resistió sus golpes, hiriéndoles los brazos con el filo de su espada, al grado que empezaron a asombrarse y a huir delante de él; sí, y eran no pocos en número; y los hizo huir por la fuerza de su brazo.
Y habían caído seis de ellos por la honda, mas solo a su cabecilla mató con la espada; y Ammón cortó cuantos brazos se levantaron contra él, y no fueron pocos.
Y cuando los hubo hecho huir bastante lejos, regresó; y dieron agua a sus rebaños, y los llevaron otra vez a los pastos del rey; y entonces se presentaron delante del rey llevando los brazos que Ammón había cortado con su espada, que eran los de aquellos que intentaron matarlo; y los llevaron al rey como testimonio de las cosas que habían hecho.