¡Despierta, despierta, levántate, oh Jerusalén,
tú que has bebido de la mano del Señor
el cáliz de su furor;
que has bebido los sedimentos del cáliz
de temor hasta vaciarlos!
De todos los hijos que dio a luz, no hay quien la guíe;
ni quien la tome de la mano,
de todos los hijos que crio.
A ti han venido estos dos hijos que te compadecerán —
tu asolamiento y destrucción,
y el hambre y la espada—
y, ¿con quién te consolaré yo?
Tus hijos desfallecieron con excepción de estos dos;
se hallan tendidos en las encrucijadas de todas las calles;
como toro salvaje en una red,
llenos están del furor del Señor,
de la reprensión de tu Dios.
Por tanto, oye esto ahora, tú, afligida y ebria, mas no de vino, así dice tu Señor, el Señor y tu Dios que aboga la causa de su pueblo: He aquí, he quitado de tu mano el cáliz de temor, los sedimentos del cáliz de mi furor; nunca más lo volverás a beber. Sino lo pondré en manos de los que te afligen, los que dijeron a tu alma: Póstrate para que pasemos por encima; y tú pusiste tu cuerpo como el suelo, y como la calle, para los que pasaran por encima.
¡Despierta, despierta, vístete de tu poder, oh Sion!
¡Vístete tus ropas de hermosura, oh Jerusalén, ciudad santa!
Porque nunca más vendrá a ti el incircunciso ni el inmundo.
¡Sacúdete del polvo, levántate y toma asiento, oh Jerusalén!
¡Suelta las ataduras de tu cuello, oh cautiva hija de Sion!