Y cuando vimos que los lamanitas empezaban a inquietarse de esta manera, quisimos emplear contra ellos alguna estratagema. Por lo tanto, Antipus me dio la orden de salir con mis pequeños hijos hacia una ciudad inmediata, como si estuviéramos llevando provisiones allá. Y habíamos de pasar cerca de la ciudad de Antipara, como si fuéramos a la ciudad más allá, sobre las orillas del mar.
Y sucedió que salimos, como si lleváramos nuestras provisiones, para ir a aquella ciudad. Y ocurrió que salió Antipus con parte de su ejército, dejando el resto para la defensa de la ciudad. Pero no salió hasta que yo hube partido con mi pequeño ejército, y me acerqué a la ciudad de Antipara. Y el ejército más fuerte de los lamanitas se hallaba apostado en la ciudad de Antipara; sí, el más numeroso.
Y aconteció que cuando sus espías se lo hubieron informado, salieron con su ejército y marcharon contra nosotros. Y sucedió que huimos delante de ellos hacia el norte. Y así llevamos en pos de nosotros al ejército más fuerte de los lamanitas; sí, hasta una distancia considerable, de tal modo que cuando vieron al ejército de Antipus que los perseguía vigorosamente, no se volvieron ni a la derecha ni a la izquierda, sino que continuaron su marcha en línea recta tras de nosotros; y suponemos que su intención era matarnos antes que Antipus los alcanzara, y esto para no ser rodeados por nuestros hombres.
Y viendo Antipus nuestro peligro, aceleró la marcha de su ejército; pero he aquí, llegó la noche; por tanto, ellos no nos alcanzaron, ni pudo Antipus alcanzarlos a ellos; por lo tanto, acampamos durante la noche.
Y aconteció que antes de rayar el alba, he aquí, ya venían los lamanitas detrás de nosotros. Ahora bien, no teníamos la fuerza suficiente para contender con ellos; sí, yo no quise permitir que mis hijitos cayesen en sus manos; por tanto, continuamos nuestra marcha, y nos dirigimos hacia el desierto. Y ellos no se atrevían a volverse a la derecha ni a la izquierda por temor a quedar rodeados; ni yo tampoco quería volverme a un lado ni al otro por miedo de que me alcanzaran, y no pudiéramos sostenernos en contra de ellos, y nos mataran y se escaparan; de modo que huimos por el desierto todo ese día hasta que obscureció.
Y acaeció que nuevamente, al rayar el alba, vimos a los lamanitas encima de nosotros, y huimos delante de ellos. Pero aconteció que no nos habían perseguido gran distancia cuando hicieron alto; y era la mañana del tercer día del séptimo mes. Y no sabíamos si los había alcanzado Antipus, pero dije a mis hombres:
He aquí no sabemos si se han detenido con objeto de que marchemos contra ellos para apresarnos en su trampa; por lo tanto, ¿qué decís, hijos míos? ¿Queréis ir a combatirlos?
Y te digo, mi amado hermano Moroni, que jamás había visto yo tan grande valor, no, ni aun entre todos los nefitas. Pues como yo siempre los había llamado hijos míos (pues eran todos muy jóvenes), he aquí, me contestaron de esta manera:
Padre, he aquí, nuestro Dios está con nosotros y no nos dejará caer; así pues, avancemos. No mataríamos a nuestros hermanos si nos dejasen en paz; por tanto, avancemos, no sea que derroten al ejército de Antipus.
Hasta entonces nunca habían combatido; no obstante, no temían la muerte, y estimaban más la libertad de sus padres que sus propias vidas; sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría. Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo:
No dudamos que nuestras madres lo sabían.
Y aconteció que me volví con mis dos mil jóvenes contra esos lamanitas que nos habían perseguido. Y he aquí, los ejércitos de Antipus los habían alcanzado, y había principiado una batalla terrible. Y el ejército de Antipus, fatigado de tan larga marcha en tan poco tiempo, estaba a punto de caer en manos de los lamanitas; y si yo no hubiera vuelto con mis dos mil, los lamanitas habrían logrado su propósito.
Porque Antipus había caído por la espada, así como muchos de sus caudillos, por motivo de su fatiga ocasionada por la rapidez de su marcha; por tanto, los hombres de Antipus, confusos por la muerte de sus caudillos, empezaron a ceder ante los lamanitas.
Y sucedió que los lamanitas se animaron y comenzaron a perseguirlos; y así los lamanitas estaban persiguiéndolos con gran vigor, cuando Helamán cayó sobre su retaguardia con sus dos mil, y empezaron a matarlos en gran cantidad, al grado que todo el ejército de los lamanitas se detuvo y se volvió contra Helamán. Y cuando la gente de Antipus vio que los lamanitas se habían vuelto, reconcentraron a sus hombres y otra vez acometieron la retaguardia de los lamanitas.
Y aconteció, entonces, que nosotros, el pueblo de Nefi, la gente de Antipus y yo con mis dos mil, rodeamos a los lamanitas y los matamos; sí, al grado de que se vieron obligados a entregar sus armas y rendirse como prisioneros de guerra.
Y aconteció que cuando se nos rindieron, he aquí, conté a aquellos jóvenes que habían combatido conmigo, temiendo que muchos de ellos hubiesen perdido la vida. Pero he aquí, para mi mayor alegría hallé que ni una sola alma había caído a tierra; sí, y habían combatido como con la fuerza de Dios; sí, nunca se había sabido que hombres combatieran con tan milagrosa fuerza; y con tanto ímpetu cayeron sobre los lamanitas, que los llenaron de espanto; y por esta razón los lamanitas se rindieron como prisioneros de guerra.
Y como no teníamos lugar para nuestros prisioneros, a fin de vigilarlos para que no se los llevaran los ejércitos de los lamanitas, los enviamos, por tanto, a la tierra de Zarahemla, y con ellos a una parte de los hombres de Antipus que no murieron; y tomé al resto y los incorporé con mis jóvenes ammonitas, y marchamos de regreso a la ciudad de Judea.