Helamán en el frente occidental

La Estrategia de Helamán y Antipus

Alma 56:30–31

En un intento de engañar y emboscar a los lamanitas, Antipus ordena a Helamán y a su ejército ammonita marchar hacia afuera pasando Antipara que está en posesión de los lamanitas, en dirección a la Ciudad junto al Mar.

Y cuando vimos que los lamanitas empezaban a inquietarse de esta manera, quisimos emplear contra ellos alguna estratagema. Por lo tanto, Antipus me dio la orden de salir con mis pequeños hijos hacia una ciudad inmediata, como si estuviéramos llevando provisiones allá. Y habíamos de pasar cerca de la ciudad de Antipara, como si fuéramos a la ciudad más allá, sobre las orillas del mar.

Alma 56:32–34

Helamán y su ejército partieron, y cuando pasaron por Antípara, Antipus y sus hombres comenzaron a marchar a una cierta distancia detrás.

Y sucedió que salimos, como si lleváramos nuestras provisiones, para ir a aquella ciudad. Y ocurrió que salió Antipus con parte de su ejército, dejando el resto para la defensa de la ciudad. Pero no salió hasta que yo hube partido con mi pequeño ejército, y me acerqué a la ciudad de Antipara. Y el ejército más fuerte de los lamanitas se hallaba apostado en la ciudad de Antipara; sí, el más numeroso.

Alma 56:35–37

Los lamanitas comienzan a perseguir a Helamán y a su ejército pasando Antípara y hacia el norte por la costa oeste; los lamanitas, dándose cuenta ahora de que Antípus y su ejército están detrás de ellos, continúan avanzando con la esperanza de matar al ejército de Helamán antes de que el ejército de Antípus los alcance.

Y aconteció que cuando sus espías se lo hubieron informado, salieron con su ejército y marcharon contra nosotros. Y sucedió que huimos delante de ellos hacia el norte. Y así llevamos en pos de nosotros al ejército más fuerte de los lamanitas; sí, hasta una distancia considerable, de tal modo que cuando vieron al ejército de Antipus que los perseguía vigorosamente, no se volvieron ni a la derecha ni a la izquierda, sino que continuaron su marcha en línea recta tras de nosotros; y suponemos que su intención era matarnos antes que Antipus los alcanzara, y esto para no ser rodeados por nuestros hombres.

Alma 56:38

Viendo que los lamanitas pronto alcanzarían al ejército de Helamán, Antípus aumenta su velocidad, pero cae repentinamente la noche, así que los ejércitos acampan.

Y viendo Antipus nuestro peligro, aceleró la marcha de su ejército; pero he aquí, llegó la noche; por tanto, ellos no nos alcanzaron, ni pudo Antipus alcanzarlos a ellos; por lo tanto, acampamos durante la noche.

Alma 56:39–40

Antes del amanecer, el ejército de los lamanitas comienza a perseguir nuevamente a Helamán; Helamán se mantiene adelante, y la persecución continúa durante todo el día hasta la caída de la noche.

Y aconteció que antes de rayar el alba, he aquí, ya venían los lamanitas detrás de nosotros. Ahora bien, no teníamos la fuerza suficiente para contender con ellos; sí, yo no quise permitir que mis hijitos cayesen en sus manos; por tanto, continuamos nuestra marcha, y nos dirigimos hacia el desierto. Y ellos no se atrevían a volverse a la derecha ni a la izquierda por temor a quedar rodeados; ni yo tampoco quería volverme a un lado ni al otro por miedo de que me alcanzaran, y no pudiéramos sostenernos en contra de ellos, y nos mataran y se escaparan; de modo que huimos por el desierto todo ese día hasta que obscureció.

Alma 56:41–44

A la mañana siguiente, Helamán ve que los lamanitas lo han alcanzado y pone en marcha a su ejército de nuevo; Los lamanitas continúan su persecución, luego se detienen abruptamente. Helamán organiza a su ejército en preparación para un ataque.

Y acaeció que nuevamente, al rayar el alba, vimos a los lamanitas encima de nosotros, y huimos delante de ellos. Pero aconteció que no nos habían perseguido gran distancia cuando hicieron alto; y era la mañana del tercer día del séptimo mes. Y no sabíamos si los había alcanzado Antipus, pero dije a mis hombres:

He aquí no sabemos si se han detenido con objeto de que marchemos contra ellos para apresarnos en su trampa; por lo tanto, ¿qué decís, hijos míos? ¿Queréis ir a combatirlos?

Alma 56:45–46

Preocupados de que los lamanitas hubieran dado la vuelta para atacar al ejército de Antipus, los soldados ammonitas valientemente aceptan el desafío de atacar, expresando con audacia su fe en Dios.

Y te digo, mi amado hermano Moroni, que jamás había visto yo tan grande valor, no, ni aun entre todos los nefitas. Pues como yo siempre los había llamado hijos míos (pues eran todos muy jóvenes), he aquí, me contestaron de esta manera:

Padre, he aquí, nuestro Dios está con nosotros y no nos dejará caer; así pues, avancemos. No mataríamos a nuestros hermanos si nos dejasen en paz; por tanto, avancemos, no sea que derroten al ejército de Antipus.

Alma 56:47–48

Los amonitas no tenían experiencia militar, pero habían sido enseñados por sus madres a confiar en Dios.

Hasta entonces nunca habían combatido; no obstante, no temían la muerte, y estimaban más la libertad de sus padres que sus propias vidas; sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría. Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo:

No dudamos que nuestras madres lo sabían.

Alma 56:49–51

Helamán y su ejército vuelven sobre sus pasos y encuentran a los lamanitas y a Antipus enfrascados en una feroz batalla; Antipus había fallecido, y los soldados cansados estaban a punto de perder la batalla.

Y aconteció que me volví con mis dos mil jóvenes contra esos lamanitas que nos habían perseguido. Y he aquí, los ejércitos de Antipus los habían alcanzado, y había principiado una batalla terrible. Y el ejército de Antipus, fatigado de tan larga marcha en tan poco tiempo, estaba a punto de caer en manos de los lamanitas; y si yo no hubiera vuelto con mis dos mil, los lamanitas habrían logrado su propósito.

Porque Antipus había caído por la espada, así como muchos de sus caudillos, por motivo de su fatiga ocasionada por la rapidez de su marcha; por tanto, los hombres de Antipus, confusos por la muerte de sus caudillos, empezaron a ceder ante los lamanitas.

Alma 56:52–53

El ejército de Helamán se une a la batalla; los lamanitas sufren bajas severas y se vuelven para enfocar toda su atención en el ejército de Helamán mientras que el ejército de Antipus se reagrupa y ataca desde atrás.

Y sucedió que los lamanitas se animaron y comenzaron a perseguirlos; y así los lamanitas estaban persiguiéndolos con gran vigor, cuando Helamán cayó sobre su retaguardia con sus dos mil, y empezaron a matarlos en gran cantidad, al grado que todo el ejército de los lamanitas se detuvo y se volvió contra Helamán. Y cuando la gente de Antipus vio que los lamanitas se habían vuelto, reconcentraron a sus hombres y otra vez acometieron la retaguardia de los lamanitas.

Alma 56:54

Los lamanitas son rodeados, sufren grandes pérdidas y finalmente se ven obligados a rendirse.

Y aconteció, entonces, que nosotros, el pueblo de Nefi, la gente de Antipus y yo con mis dos mil, rodeamos a los lamanitas y los matamos; sí, al grado de que se vieron obligados a entregar sus armas y rendirse como prisioneros de guerra.

Alma 56:55–56

Helamán cuenta a sus soldados, y se asombra al ver que milagrosamente, todos ellos están aún con vida.

Y aconteció que cuando se nos rindieron, he aquí, conté a aquellos jóvenes que habían combatido conmigo, temiendo que muchos de ellos hubiesen perdido la vida. Pero he aquí, para mi mayor alegría hallé que ni una sola alma había caído a tierra; sí, y habían combatido como con la fuerza de Dios; sí, nunca se había sabido que hombres combatieran con tan milagrosa fuerza; y con tanto ímpetu cayeron sobre los lamanitas, que los llenaron de espanto; y por esta razón los lamanitas se rindieron como prisioneros de guerra.

Alma 56:57

Los hombres supervivientes del ejército de Antipus escoltan a algunos de los lamanitas rendidos como prisioneros de guerra a La ciudad de Zarahemla, y el resto es llevado a Judea con Helamán y su ejército.

Y como no teníamos lugar para nuestros prisioneros, a fin de vigilarlos para que no se los llevaran los ejércitos de los lamanitas, los enviamos, por tanto, a la tierra de Zarahemla, y con ellos a una parte de los hombres de Antipus que no murieron; y tomé al resto y los incorporé con mis jóvenes ammonitas, y marchamos de regreso a la ciudad de Judea.